viernes, 30 de marzo de 2018

Dormir por PCM

Alguna vez usé mis ojos para ver un mundo oscuro de cielos sin estrellas, sin luminaria alguna que indicara algún camino.

Alguna vez usé mis ojos para ver un mundo lleno de luz.  La luz nunca me permitió ver mis propias manos ni sentir la cercanía de las nubes.

Alguna vez usé mis ojos para buscar a alguien entre las sombras de un día claro. Descubrí que algunas sombras disfrazan a los objetos que las proyectan. Me pregunte si mi sombra me engañaba o, tal vez, yo era la proyección.

Alguna vez cerré mis ojos para buscar algo entre los destellos de faros que guían a los barcos a las tierras que cambian de lugar por las noches. Pero con el tiempo preferí esperar el verano y tomar la dirección que la aves acuáticas sigue para encontrar un lugar donde reposar.

Un día, ya no recuerdo si fue un jueves o un viernes,  decidí tomar mis ojos y los guardé en una caja de madera. Sobre la caja grabé el susurro de un recuerdo quemándose en los soles de mundos lejanos, acompañado del canto de un insecto de piernas largas y ojos poliedrales. La caja la oculte en el interior de un árbol, en un bosque que se encuentra al sur donde dos ríos se vuelven uno y el viento da vuelta para regresar a su hogar. Un lugar idóneo para olvidar.

Comencé a caminar. Todo lo que me rodeaba se volvió una misma cosa, tal vez la naturaleza real de las cosas es la nada. Si todo aquello que se observa presenta una apariencia indistinguible, significa que no puedo distinguir mi existencia del vacío.  Pero mis ojos distorsionan esa ubicuidad, creando un mundo de mentiras y falsos deseos, pretensiones de una mente que se autodefine. Oí los sonidos que me circundaban, mi mente, realizando un acto instintivo, los deformaba y creaba la felicidad a mi izquierda y la tristeza mi derecha, aunque tales conceptos podría ser reemplazables por otros más complacientes.

En el transcurso de mi camino llegue a un mercado. Sentado a sus orillas, noté que todos los animales para comer se encontraban en cerrados en jaulas, todos ellos vivos. Matar algo sin consumirlo inmediatamente es uno de los actos más trágicos de la existencia. Observar su degradación nos provee de un sentimiento de eternidad o aumenta la ansiedad de buscar los medios artificiales de extender una vida. Entre las voces ahí reunidas, escuché hablar de los días de marzo, cuando el calor viene y se recuesta sobre los hombros de un viejo hombre que intenta masticar una zanahoria usando sus gastados y separados dientes. Una máquina que el oxido carcome, degrada y la regresa a su estado original. Imaginé el rostro de un hombre con aquellas características. Una triste acumulada de muchos días vividos y con recuerdos que dan evidencia de que tal vez nunca existió. Al imaginar aquello, sentí algo de pena por mi mismo, en lugar de ver alegría de una vida que se ha mantenido durante un instante largo de tiempo, solo veo la verdadera amargura de un rostro cansando y una cuerpo vacío que se fragmenta y dispersa como las cenizas al ser llevadas por un fuerte viento. Me pregunté si la razón de sentir pena hacía mi mismo en lugar de sentir lástima por ese hombre es producto de mi egoísmo o mi arrogancia.

En otra ocasión, sentado junto a un árbol de pomelos, vi las lágrimas de una mujer deslizarse desde su alma hasta sus ojos. Las ondulaciones de aquellas lágrimas al recorrer el relieve de un rostro, crearon una imagen de una mujer alta, delgada, de un largo cabello oscuro. Sus ojos se me mostraron hinchados y rojos de tanto llorar. Sus labios aunque delgados y algo pálidos, se dibujaban armoniosamente en su boca, de tal manera que si ella hubiera sonreído, quien la viera se alegraría. Para explicarme lo que veía, decidí pensar que las lágrimas que producía sus ojos serían causa de una felicidad reprimida que no sabía como sacar de su cuerpo. Después de no escuchar más llanto, sentí una duda sobre mi mismo. ¿Si esas lágrimas fueran tristeza?, ¿si fueran de odio?, ¿si fueran de dolor? Me hice la pregunta de por qué asumí la felicidad de otro, sin conocerlo, sin hablarle, sin tocarlo, sin verlo, sin saber su nombre.

La noche de un otoño, me senté a dormir en un parque. Me acerqué a dos perros para mantener el calor. Los tres cuerpos vivos compartía la esencia de su vida para no morir. Juntos, al menos, en esa noche tratábamos de alcanzar al día siguiente. Aquellos dos animales fueron pintados por mi mente de un color negro y de un color gris, como es usual en las noches. Sus pelajes largos y sucios ocultaban días de hambre, frío y lucha. Sentí el dolor de sus piernas al haber caminado durante días sin inicios o finales. Sin embargó, sus narices húmedas inhalaban y expulsaban aire. Un aire cuyo movimiento era similar al lento paso de las nubes.

Otro día, alguien o algo, tomo mi mano. Si mente formó la imagen de una mujer de brazos delgados que usaba un vestido largo, el cual la hacía lucir hermosa. Sus zapatos me recordaron a las almohadillas de los pies de cierto gato negro de orejas moradas que suelen dormir en tazas de porcelana sobre un escritorio junto a una única vela que está apunto de extinguirse. Los recuerdos que vienen me parecen ser tan elaborados, que en ocasiones miro el cielo y me preguntó si son proyectados por Zebra, que mi mira desde ahí. Pero, ¿qué más podría decir de aquella mujer al verla sin mis ojos? Una mirada ausente con una sonrisa desbordada. Al sentir que su mano se separaba de la mía, escuche una voz, tal vez fuera la de ella o la de Zebra, o ¿ellas eran ella?. Sus palabras fueron "camina en esa dirección". Me alegre escuchar a alguien y camine por aquella dirección.

Durante algún tiempo caminé, siguiendo una dirección desconocida y oculta, pero definida. Me parecía ver con mucha más claridad mientras seguía un sendero marcado por una voz silenciosa. Llegue a olvidar que mis ojos estaban en un bosque, dentro de una caja. A pesar de que durante mucho tiempo estuvieron abiertos, ellos sólo me permitían ver la nada, el vacío y las cosas que nunca están ahí.

Los días que me acompañaron durante el andar de mi pies, en un mundo que nunca realmente conocí, fueron claros. Fueron como amigos que me ayudaron a ver lo que era capaz de ver. Las nubes, que también insistían en estar sobre nosotros, dejaban un rastro de agua que las ranas seguían para regresar a casa. Las noches de aquellos días fueron frescas. Las lunas cuando sentía un poco de alegría o compasión, frotaba nuestras mejillas para despertarnos y que continuáramos.

El día en el que camino no podía seguirme, tuve que dar saltos con un sólo pie. Cuando me cansaba de una pierna, cambiaba a la otra. Durante unos días, semanas, o instantes de tiempos que no supe medir, me moví de esa peculiar manera. Algunos días descansaba sobre los dos pies, algunos otros, solía dormir separado del suelo.

Cierta tarde, cuando los astros estaban escondidos detrás del color negro del cielo. Me pregunté si miraba en la dirección señalada. Gire sobre mis pies, dando una vuelta entera. Cada punto emitía la misma cantidad de luz. ¿Cuál es la diferencia existente de estar un poco más allá o un poco menos de aquí? Al pensar en aquella pregunta, recordé que algunas especies de aves salen a tomar un paseo de invierno.

En algún momento llegue a encontrar una tiza. Posteriormente, encontré a un mercante con el que logré adquirir un lienzo. En el lienzo dibuje mis ojos como los recordaba. En ese espacio rectangular trace el fragmento de la curvatura de mi rostro. Señale líneas que indicaban el tamaño aproximado de mi nariz y la separación casi exacta existente entre mis ojos. Las líneas de los párpados se cruzaban con aquellas que representaban las cejas y las pestañas. Cada pupila con un iris negro, en el que cualquier cosa podía hundirse. Me percaté que nunca había extrañado a mis ojos y que había llegado al destino señalado por una mujer con una voz que nunca fue suya.

Dormí para seguir viendo.

martes, 10 de octubre de 2017

Roby por Paulo K. M.

*Comparta siempre y cuando mencionen al autor del texto.

Mientras pensaba en mi propia tristeza, encontré un video sobre Charles Bukowski. Un video sobre alguien que no conoció los entramados nudosos de los largos cables virtuales que enlazan las palabras de las nuevas y más obsoletas personas de un tiempo actual. En la grabación, Bukowski habla de su naturaleza antipática, de su gran deseo de no pertenecer a una sociedad marcada por la depresión de ser una marioneta vacía, de ser parte de una comunidad de humanos cuya salud mental, progresivamente y sin interrupciones, se degenera.

Decir feliz cumpleaños o feliz navidad, tener una vida de 8 a 5, es una forma de esclavitud, una manera de dejar de ser, un proceso para convertirse en un engranaje, colocado de manera precisa en un mecanismo de vacuidad, siguiendo el ritmo definido por una longitud de onda de su radio sintonizado en estática.

Bukowski comenta que preferiría suicidarse antes que aceptar la mecanización, los horarios y esa manera estúpida de tener que sonreír a las personas, siendo que todas ellas eran, por decirlo sinceramente, una conglomerado de carne y huesos pudriéndose al sol. Sin embargo, Bukowski tuvo la suerte de vivir de ellos, de aquellos que tienen una vida de 8 a 5, que toman sus vehículos o luchan por un espacio en los vagones de un tren que parece no tener un rumbo totalmente definido y repetitivo, lugar X a lugar Y, después, del lugar Y al lugar X, recorriendo entre 5 o 10 kilómetros diariamente, para llegar a una silla en la que pasan 10 horas por cada 20. Resolviendo la vida de otros de la peor manera y dando soluciones ineficaces, para perpetuar la creencia artificial de la eficacia y el progreso.

Bukowski es un ejemplo raro poco común, como el mismo lo afirmó en algún momento de su vida, de alguien quien hace algo para si mismo. Tomando en cuenta el número de personas que existen en el planeta, número que es representado con cantidad de nueve ceros a la derecha (sin punto decimal), da soporte a la veracidad de sus aseveraciones. A través de él, otros podían sentir sus propios pensamientos no articulados; en las historias y poemas que escribía. Escribía mientras fumaba un cigarrillo y bebía vino. Una manera ridícula de existir, dar coherencia a la locura o, mejor dicho, dar coherencia a algo que muy probablemente carece naturalmente de sentido, es decir, el mal necesario (las mismas personas) para dar pie a la creatividad, al arte de describir un mundo lleno de miseria y pena, en el que se asume que lo único que se puede aceptar es la felicidad de uno mismo, aunque sea sólo la proyección de nuestras propias mentiras, una verdad holográfica y transparente.

Pero si se recuerda EL CONGRESO DE FUTUROLOGíA de Lem, y si es el caso que usted no lo conozca, no cambiara mucho el hecho de que quiera o no saber de él. En el congreso de futurología donde las ratas danzan y diseccionan el cerebro humano, colocando el cable A en la ranura B, creando el enlace tipo beta para el neurotransmisor alfa, creando un puente ante lo percibido y lo comprendido. De ésta manera se coloca dentro de los ojos una visión holográfica del mundo. Grandes y luminosos edificios. Paredes de cristal. Persona sonrientes y luminosas. Sí, un mundo maravilloso. Y que como Bukowski diría una mierda bien disfrazada. El cielo quemado. Un firmamento nublado, que hace que todo se vea sucio. Mientras crees que aquello es un hermoso jardín, donde una pareja se sienta a conversar, ríen y se dan muestras de afecto. Tú (o Él) mira una verdad superior en esa imagen, tu (o su) cerebro recorta y solidifican, y que, sin embargo, presientes el timo, dudas de esa verdad, pero ¿si la verdad altísima es otra treta de las ratas que danzan alrededor tuyo?

Creamos para sentirnos seguros de que la existencia que llevamos está determinada por una razón que de coherencia a nuestros obsesivos pensamientos de sentirnos únicos o, al menos, sin sentir esa horrible y pesada sensación de hambre de saber si somos algo. La arrogancia de mantenerse vivos en un mundo que se sabe no tiene la mínima contemplación hacia nosotros, es casi como la venganza contra un dios que se ha olvidado de nosotros y que nunca sentirá remordimientos al recordar que ha olvido algo que está latiendo en una caja oscura y cerrada, ubicada en el fondo de un océano de vacío, oscura y sin calor.

Bukowski pudo ser un genio al entender que lo que el mundo necesitaba (¿necesita?) es tener esperanza. Describiendo la historia de tu vida, siendo ésta un fracaso, una miseria y que al final, antes de regresar a ser polvo, pronunciaste cinco palabras que le dieron aliento a otra persona o dejaste escrito la clave del éxito de otro o tomaste la decisión de hacer lo que el sentido humano natural dicta que hagamos, ser honestos. Una esperanza descrita en términos de la tristeza y la melancolía del mundo rodeado de sórdidos y estériles individuos. O posiblemente, desde otro punto de vista, pero mirando el mismo objeto, Bukowski, fue el vividor que sabía como usar las palabras que daba salida a esas impuros pensamientos que todos tienen y que deben excretar de algún modo.

Pero, ante el hecho de sentarse a escribir sobre un tipo del que sé poco y con el que nunca hable, es, en si mismo, un acto de locura, que refleja la inestabilidad emocional (espiritual o alimenticia) de una persona que sigue en la búsqueda de una coherencia. Me preguntó si Bukowski hubiera escrito sobre robots que sieten ser un fracaso o sufran de una gran cantidad de frustraciones, es decir, robots que se digan a sí mismo que no merecen vivir, que cada decisión que tomaron en el vida ha sido incorrecta y realmente estúpida.

Tomando la creencia de que ellos, los robots, desean creer que su vida podía llegar a ser más que una vida de 8 a 5. Que podían levantarse a cualquier hora del día y construir un Electrobardo, que creara los mejores poemas del mundo y quien lo escuchará podría aumentar, adquirir y renacer su fe en un futuro o en un presente. Pero ese robot, ese Roby, se levantaría un día, se vería al espejo, se ajustaría los ojos de manera manual, se acomodaría un circuito defectuoso, que apenas había sustituido el día de ayer con una pieza proveniente de China o Taiwan. Roby al verse en el espejo se preguntaría qué hace en ese cuarto mirándose como estúpido el rostro, que hace preguntándose sobre si su vida carece de sentido o por qué todo su vida llena de sueños eléctricos fueron más que una ilusión, una divergencia de los electrones o positrones o neutrinos que circulan desde un aditamento óptico hacia un procesador analítico, totalmente incapaz de procesar la información y dar una respuesta aceptable aunque no fuera óptima. Pero después de un momento, Roby se daría cuenta que tales pensamientos simplemente se pueden borrar y ser reemplazados por otro a conveniencia. Una acción totalmente estándar y adecuada para regresar a un estado no de felicidad sino inercial, para volver a sentir que sus sueños eléctricos son el deseo de una coherencia real y alcanzable.

El día 3 de octubre, Roby viaja por las vigas de acero, se dirige a una ubicación nueva para realizar el trabajo rudimentario de buscar esperanza en el basurero de la ciudad en el que habita. Me pregunto cómo Bukowski le habría contado a Roby, ¿con un cerebro positrónico analítico?, a través de su poesía el encanto de ver una horrible sendero de ideas viciadas. Cómo Bukowski le hubiera contado la sensación de despertar en un banco, en una calle transitada, después de beber mucho y ver cuerpos desnudos en un establecimiento con luces difusas generados por leds, donde un hombre intenta tomar a una mujer por la fuerza, sólo para satisfacer un deseo que dios le dejó.

Bukowski se pararía frente a mi y diría que pierdo una vida escribiendo cosas que nadie leerá, que a pesar de poder aumentar el tamaño de la fuente con que se imprimen los caracteres en la pantallas, no será lo suficientemente grande para que una persona pueda verla. Yo le dirá a él, no esperó que una persona lo lea, espero que Roby lo lea y sólo por él intento escribir relatos sobre cómo contar historias de infortunios y de la soledad para darle algo de emoción a eso lacónicos robots que andan sentados, parados, yendo de aquí, el planeta de cielos azules y nubes oscuras, hasta halla, al mundo donde sueñas que 6 billones de persona nunca existieron y sientes la culpa de haberlos matado significa algo para ti, una sensación que no deseas olvidar y que estás dispuesto a soportar por el resto de una vida aceptable y no tan miserable.

Charles podría luego invitarme a beber vino con él, entre los dos estaríamos esperando a que el mundo se acabará tranquilamente. Sé que Charles es un maldito truhán, pero eso no importa, yo soy el maldito robot.