lunes, 3 de junio de 2024

Bosquejo técnico

por Paul C. M.*

* alef28bet@gmail.com


(dedicado a quién lo lea, o, mejor a Nervios)


Después de resolver algunos aspectos de orden técnico relacionados con la colocación y mantenimiento de cintas de tinta para máquinas de escribir, estoy en la disposición de narrar los acontecimientos sucedidos el jueves de la semana pasada. Es necesario mencionar qué técnicamente la no indicación precisa de un marco de referencia cronológico expresado en ‘lo sucedido el jueves de la semana pasada’, crea una paradoja comunicativa innecesaria pero inevitable que por el momento no deseo corregir. Esto se debe a que es posible que el lector de estas palabras puede interpretar la cronología de dicha frase en términos de su propio marco de referencia temporal, es decir, pensar que el jueves de la semana pasada, al que hago referencia, es el jueves de la semana pasada en la línea temporal de su propia existencia actual. Al mismo instante, otro lector escogería interpretar la frase como el jueves de la semana pasada del que ha escrito estas palabras, pero ese jueves de la semana pasada del autor podría estar ubicado en el futuro de la línea temporal de quién lee estas palabras. La posibilidad de que una frase como esta tenga la propiedad de tener más de un valor interpretativo, introduce ruido que dificulta (o imposibilita) el establecer una adecuada (o aceptable) comunicación con otro ser, pues se deja a una libre consideración el valor del mensaje codificado en el alfabeto implícitamente usado (u otro sistema finito de caracteres). Así que la posibilidad de un entendimiento ‘real’ de un ‘emisor’ con un ‘receptor’ queda, de facto, descartada, y de esta manera no es posible tomar con seriedad algo de lo escrito hasta aquí. Muy posiblemente (casi seguramente), tampoco valga la pena leer o/e intentar dar algo de coherencia a lo subsecuente. Cualquier intento de comunicación con alguien queda excluido debido a la necedad natural del emisor de deformar sus propias ideas y que serán distorsionadas por la necedad natural del receptor, él cual completa o elimina o sustituye una cantidad aleatoria de los símbolos del mensaje para crear una imagen mental propia de las palabras aquí mediocremente colocadas.


De lo anterior se puede deducir algo interesante, la comunicación entre los seres ‘racionales’ es siempre vaga por definición y, casi absolutamente, carente de real sentido y utilidad, así que el emisor como el receptor pueden imaginar lo que deseen imaginar y entender lo que deseen entender. Es decir, ambos son sumamente torpes e ineptos para conversar.


Una vez mencionada la tan necesaria (realmente no lo es) aclaración sobre la paradoja comunicativa de escribir la frase ‘lo sucedido el jueves de la semana pasada’, puedo comenzar a decir lo que quiero decir.


El jueves de la semana pasada regresaba a casa después de haber cumplido con las cinco horas de trabajo esclavo presencial. (Puede ser qué muchos piensen que nadie debería quejarse de sólo trabajar cinco horas al día, dos veces a la semana, y recibir una paga considerable por ello. Nuevamente, con gran disgusto, no es posible evitar esta nueva paradoja comunicativa que se ha creado al indicar el poco tiempo que debo estar de manera presencial en la oficina. Al no querer [tampoco puedo hacerlo de la forma adecuada] describir con exactitud el panorama que rodea mis circunstancias particulares qué significa para mí tener que estar en ese odioso lugar y que, aunque reciba una no despreciable remuneración por el poco trabajo que debo realizar, el lector podría, innecesaria y testarudamente, asumir que yo soy como él, que vivo mi vida en los mismos términos en qué él la vive [estadísticamente hablando, es cierto que mi vida no difiere mucho respecto a la suya] y al ser así yo debería darme cuenta de lo afortunado que soy de tener un empleo en el que sólo deba trabajar cinco horas al día por dos días a la semana. Cómo lo antes mencionado, esta paradoja comunicativa se debe a que a falta de palabras precisas para describir las emociones que me causa estar rodeado de personas mayores a mí con una edad mental de 12 años y una idiosincrasia consistente en asumir que su vida es tan relevante que es necesario colocar cada pedazo de su trivial existencia en un post en tiktok o instagram o facebook, como reafirmación de la importancia de que su presencia permite que los taquiones sigan moviéndose. Así que el lector asumirá, si así le parece [lo hará de cualquier forma], otro marco de referencia para considerar que mi vida es necesaria para el movimiento planetario, o posiblemente deje de leer hasta este punto para hacer algo diferente [casi seguramente una cosa absolutamente efímera]). 


(Es acertado aceptar que mis quejas son injustificadas, pero soy yo a quién le duele la espalda y los glúteos. El que debe permanecer cinco horas en una silla desnivelada y con el reposabrazo izquierdo roto, obligado a escuchar a los mayores hablar sobre su extremadamente indulgencia con otros, su profunda inteligencia y sus beatas acciones [idioteces propias de ellos]). 


(Todo lo que me irrita se encuentra dentro de esas paredes desmontables de los pequeños cubículos separados por láminas de acrílico transparente y con un cajón para guardar papel de 75 gramos para imprimir reportes innecesarios. Por lo que desde mi miserable asiento, viendo a mis ‘colegas’ ser lo que son, imaginó la posibilidad del fin de la civilización. Miro a la ventana y comienzo a soñar despierto que del cielo desciende una nave alienígena que lanza un rayo de color azul metálico y todo lo conocido en el planeta comienza a desaparecer en ese resplandor. Luego, las voces de estos adultos de pensamientos insignificantes me regresan a la posición espacial y temporal en la que me encontraba antes de mis ensoñaciones y mi vista vuelve a concentrarse en el reloj que aparece en el monitor para ver si sólo faltan 10 minutos para que pueda retirarme).


(Esos son los pensamientos inducidos por mi depresivo trabajo de cinco horas al días, dos días a la semana. Aunque esto, que forma parte de mi cotidiano sufrimiento, no es lo que realmente quiero enfatizar sobre los acontecimientos del jueves de la semana pasada).


El jueves de la semana pasada cuando regresaba a casa después de las horrísonas cinco horas de la oficina, decidí pasar a comprar una pluma. El día anterior, la pluma que se había convertido en mi favorita ya no pintaba, se había agotado la tinta. He de aclarar (algo en totalidad innecesario) que nuevamente se está frente a una paradoja comunicativa. Al inicio de este bloque de palabras, es ‘claro’ que el lector puede imaginar cualquier cosa al respecto de lo pueda hacer referencia la palabra ‘pluma’. Soy incapaz de entender el por qué los seres ‘inteligentes’, a falta de un esfuerzo necesario, deciden usar una misma palabra para nombrar a dos objetos que puede ser parecidos, ser la derivación uno del otro, y, sin embargo no ser lo mismo e, incluso, estar en una relación antagónica. La falta de claridad en el uso del lenguaje es uno de los defectos más notables de los seres ‘juiciosos’. Por ello creo que en el momento de hablar de cosas fantasiosas o ficcionales como el amor o el odio, los seres ‘sensibles’ no se refieren ‘exactamente’ al amor ni al odio. Existe la posibilidad real que intenten decir algo completamente distinto, pero a falta de mejores términos o mejores seres o mejores cerebros o, en realidad, de la extraña manera en qué funciona la Realidad, se deba usar expresiones de este estilo. Poco adecuadas, poco emotivas, poco realistas.


Bueno [primera vez]. Al regresar a casa, el jueves de la semana pasada, luego de cumplir con las cinco horas de trabajo forzado, decidí pasar a comprar una pluma en una papelería. El establecimiento que elegí se encuentra en el segundo piso de un edificio, por lo que tuve que utilizar las escaleras para llegar ahí. Después de echar un vistazo a los artículos en oferta y preguntar a un empleado sobre si en su stock se encontraba el tipo de pluma que yo deseaba, me encontré que la visita no había sido fructífera. A pesar de ello, no me sentí ni defraudado ni molesto. Aunque la serie de acontecimientos siguientes posiblemente hubieran sido evitados si no hubiera deseado esta trivialidad.


Al querer salir del establecimiento por la misma ruta por la que había entrado, un empleado me indicó que la salida se debía realizar por otro pasillo. Siguiendo sus indicaciones, camine con un sentimiento de indiferencia sobre la vida (mía y de los otros) al exterior. Aquí el lector podría estar conjeturando que algo sucedió al salir de ese lugar o en el trayecto. En este punto es posible casi evitar una paradoja comunicativa, pero no por mucho. La introducción o aparición de las paradojas comunicativas es algo que me gustaría aprender a evitar, pero es poco probable que pueda hacerlo por mi cuenta, así que mi escritura seguirá siendo mediocre e incapaz de expresar con la necesaria precisión lo que trato de compartir. A pesar de qué pudiera llegar a conocer maneras más pertinentes para comunicarme, resulta que la naturaleza de la comunicación hace que se requiere de un emisor y un receptor. Por lo qué, finalmente, no existe la posibilidad de una comunicación inteligible. Para qué el receptor pudiera (quisiera, deseara) entender mis mensajes, debería poseer, aparentemente, la capacidad de usar el mismo conjunto de símbolos que yo con los mismos significados subyacentes para establecer un canal cerrado de comunicación. Por lo que la paradoja comunicativa sigue siendo un dilema natural, que no se puede evitar de ninguna manera. Aunque, irónicamente, pensar en ‘absolutos’ es una paradoja en sí misma. Vivir en la Realidad regida por estos esquemas paradójicos, sólo lleva a qué no sea posible encontrar algún sentido ecuánime de la existencia de uno mismo, de la existencia de los otros y de los milagros de la existencia. Al menos, yo vivo confundido casi todo el tiempo, aunque algunas veces creo que estoy en las posiciones adecuadas.


Bueno [segunda vez]. Como mencionaba. Al regresar a casa el jueves de la semana pasada, luego de experimentar mis cinco horas de miseria, decidí detenerme en la papelería para comprar una nueva pluma. La tienda a la que había elegido ir se encuentra cerca de la estación de autobuses que usó para regresar a casa. La búsqueda de mi producto fue infructífera, por lo que, sintiéndome algo desanimado, emprendí el camino de vuelta a mi morada. Al tomar la misma ruta por la que había entrado al establecimiento para salir, un empleado me indicó que debía hacerlo por una distinta. Siguiendo sus indicaciones, me encontré con un amplio pasillo al doblar a la derecha. Noté que éste era un rampa por la cual (así lo asumí) subían los camiones que surtían de inventario a la papelería.


Camine por la rampa. Súbitamente caí al suelo. El tobillo que hace seis meses me había lastimado (considerablemente) se había vuelto a torcer. ¿Cómo era posible sufrir una misma torcedura en el mismo pie de manera (casi) consecutiva y con diferentes grados de dolor? Me pregunté a mi mismo mientras miraba mi pantalón roto en el área de la rodilla y sentía un leve dolor al mover el tobillo. Afortunadamente (o casualmente, o aleatoriamente) había tenido la suficiente agilidad automática para evitar que la caída hubiera sido más estrepitosa. Después de un breve momento, de la puerta en donde había doblado a la derecha para encontrarme con la rampa, apareció el empleado que me indicó ese camino (maldito) para ir al exterior.


“¿Se encuentra bien?, estimado cliente”, preguntó.


“Sí. Sólo deja revisar que no tenga nada grave”, le respondí mientras movía los pies para observar si se presentaba un dolor intenso. Agregué, a manera de comentario (que tenía la intencionalidad de autojustificar mi torpeza y la pequeña vergüenza que sentía ante su amable pregunta): “No ví el pequeño desnivel”, señalando un desnivel, no demasiado alto, que existía en uno de los lados de la rampa, el cual, efectivamente, no observé.


Al terminar la revisión preliminar de las articulaciones de mis pies, noté que podía moverlas con la suficiente naturalidad. El dolor fue soportable cuando apoyé el peso de mi cuerpo sobre ellas. Pudiera haber sido una buena idea tomar más tiempo de reposo antes de obligarlas al trabajo de locomoción, sin embargo, ese particular jueves de la semana pasada el clima era insoportable, demasiado caluroso, por lo que deseaba regresar lo más pronto a casa para beber algo frío, comer algo ligero y descansar. El accidente no había cambiado tales objetivos, aunque si ajustó la intensidad con que deseaba hacerlos y agregó el ansia de colocar una compresa fría sobre el tobillo afectado.


Me levanté y puse marcha hacia la parada de autobuses. Sentí el real grado de dolor producido por la torcedura y, aunque era soportable, cojeaba levemente. (No es necesario mencionar lo siguiente, pero quiero hacer notar que esta última frase genera una paradoja comunicativa. Cierto conjunto de lectores consideraría elegir el pie izquierdo como el pie en cuestión, otros se limitarían a decir que se trataba del pie derecho. Muchos asumirían que esas dos posibilidades son las únicas posibles. Posiciones usuales para seres bípedos y que se repetiría mutatis mutandi en otros seres de diversa anatomía y supuesta inteligencia, que siendo capaces de utilizar conjuntos finitos de símbolos para describirse a sí mismos y de los acontecimientos que los acompañan en sus existencias, no pueden considerar que ‘otros’, qué aprecian la belleza del cosmos, sean diferentes a ellos. Cualquier característica que los ‘auto-define’ debería replicarse en los otros sentientes racionales. Dos piernas. Tres brazos. Un ojo. Cuatro lenguas. Tres cuartos de cerebro… Un fenómeno que he dado en denominar ‘cosmotheoros’, en honor a la pueril teoría de los seres de otros mundos de Christiaan Huygens. [Cualquier ser coherentemente inteligente debería poseer un cuerpo translúcido para evitar pensamientos triviales]. Como he mencionado, sufrí una torcedura en uno de mis pies y de ello se puede ‘deducir’ que el autor posee ‘al menos un pie’. Algo que casi todo ser analítico podría inferir. Aunque, los seres analíticos a pesar de ser reales, no se cuestionarían la necesidad de aclarar si esto es un ‘pie’ o no y descartarían el problema de contabilizarlos como algo absolutamente innecesario).


Bueno (tercera vez). La cuestión es que cansado, acalorado, dolorido y hambriento, me dirigí a la estación de autobuses para esconderme en la comodidad de mi morada.


En mi lento andar a la parada, me preguntaba el por qué algo cómo esto me sucedía. Era claro que la resolución de querer algo me había llevado, aleatoriamente, a sufrir un percance que ‘no merecía’ (así lo consideraba). Sin embargo, mis acciones y decisiones me llevaron a terminar en este lamentable estado. Es decir, mis elecciones, correctas, inadecuadas, o, aparentemente, neutrales, me dirigieron a sufrir este accidente. ¿Había algo que aprender de esta situación? ¿Había algo inherentemente bueno o malo en el hecho de desear una nueva pluma o en el deseo en sí mismo? ¿Podría ser que este accidente fuera el resultado de la despreciable persona que soy o simplemente una eventualidad, una casualidad? Esas cuestiones me condujeron a la siguiente. ¿Mi vida es el resultado de los actos mediocres, sin ninguna moralidad, de los objetos que son obligados a moverse por la Segunda Ley de Newton?


Al reflexionar en tales cuestiones, noté que estas ideas mías generaban una nueva paradoja. ¿El hecho de lastimarnos unos a otros y a nosotros mismos podría ser sólo la consecuencia natural de la aleatoriedad implícita en la Realidad? Es decir, si la ira que sentimos, que se transforma en violencia, está condicionada a ser el resultado de una mera propagación de movimientos casuales que al encadenarse llevan a un frenesí de deseo y desorientación cuya máxima manifestación es la agresividad y la cual formaría parte de ese mecanismo ‘extraño’ que la Realidad emplea para la modificación del estado de los objetos en ella. En otras palabras, los momentos apacibles serían los estados transitorios de los objetos antes de su transformación (obligada) a algo diferente (posiblemente mejor). Concebir ésto, me llevó a notar la existencia de otra paradoja. Mi propia identidad es la conclusión parcial de actos ajenos a mí, lo que manifiesta mi incapacidad de decidir sobre mi propia existencia. Se dice que los seres superiores son capaces de comprender los mecanismos de la Realidad, sin embargo, mi vida misma, en la que toda elección y sus consecuencias, no está supeditada a las inclinaciones de mi identidad (trivial). Aunque, se ha de mencionar, tal paradigma es la manera usual que la Realidad impone a los seres inferiores para que estos sean capaces de existir.


Las paradojas comunicativas existen, como se ha ejemplificado en múltiples ocasiones a lo largo de este relato, por qué los símbolos usados al comunicarse se distorsionan debido a la naturaleza del medio que los transmite y los recibe, emisor y receptor. Esos símbolos se ven alterados por el aumento o la reducción o la sustitución de información que cambia el sentido y el sentir de lo expresado inicialmente. Sin importar cuánto se hable, al emplear tanto el emisor como el receptor un conjunto finito (incluso uno infinito) de palabras para describir un suceso, cada uno tenderá (irremediablemente) a ubicar los significados de ellas en una órbita centrada en su propio ego. La incapacidad de escuchar es una propiedad de los seres inteligentes que crean un identidad que intenta ser distinguible. Sin embargo, el concepto de la diversidad implica supervivencia.


Cabía preguntarse entonces, ¿cuál es la auténtica intención de que la Realidad haya permitido la existencia de la identidad?


Entre los seres autoconscientes existe un experimento que suelen practicar con regularidad y el cual consiste en hablar mentalmente con uno mismo. Es una conservación entre dos individuos artificiales que son copias virtuales del ‘yo’. Uno cuestiona al otro, el otro responde y luego se intercambian los roles y se repite el proceso. Aquí el lector puede percatarse de que mi pequeña sentencia ha generado (nuevamente) una paradoja. La cuestión de la ‘unicidad’. La noción de la ‘identidad única’ resulta vaga y, muy probablemente, inentendible. Si uno es, entonces el experimento de la segunda voz, que es uno no mismo, es en sí mismo una paradoja comunicativa, en la que el receptor y el emisor se funden en un mismo ente y, entonces, el medio que puede alterar el mensaje es uno y uno destruye sus propios pensamientos con la finalidad de imponer su propia identidad a uno mismo creando un efecto droste que intentar sobreponer un ego sobre otro (que es el mismo). Un fenómeno ouroboros que, en última instancia, disocia el ego y destruye toda capacidad para dar coherencia a la propia identidad. A menos, que el concepto real de ‘único’ tenga una amplitud y dirección diferente a la que se asume. La encrucijada es en sí misma (naturalmente) un causante de incertidumbre que impide distinguir si se es una parte de la Realidad o una memoria residual de la Realidad. Como un sueño vívido que al despertar se va esfumando paulatinamente, a pesar de las fuertes emociones que hubiera causado, hasta disolverse por completo. La Realidad no es un fenómeno mecánico (aunque lo aparente), es una entidad amorfa viviente de inteligencia suprema (en el sentido de contención).


En cualquier caso, la cuestión fundamental que quiero expresar no es el conocimiento de los mecanismos incoherentes con que la Realidad funciona, sino lo que me pasó el jueves de la semana pasada cuando salía de la papelería y tropecé lastimándome el mismo tobillo que hace aproximadamente seis meses se torció severamente. (Ahora me percató que es estúpido pensar [albergar cualquier grado de esperanza es vacuo] qué es posible evadir las paradojas que el lenguaje crea y que, finalmente, concluyen con la incapacidad de transmitir lo qué somos a otros [en el que se está incluido uno mismo]). Hay que mirar la última sentencia que he escrito. ‘Aproximadamente’. Cercano a algo. Sin embargo, cada lector puede tomar diferentes patrones de referencia para la cuantificación temporal del dicho. Un día más, un día menos, tres semanas antes, tres semanas después, contados desde un punto desconocido e incierto (a decir verdad, posiblemente inexistente) para tener una ubicación cronológica adecuada de lo que aquí expresó. Tratar de dilucidar tal trivialidad llevaría a generar un altercado fútil [como los que plagan nuestra cotidianidad]. En un ‘sentido amplio’, cualquier cantidad de tiempo menor a un mes, antes o después, sería un error aceptable sobre la noción temporal a la que hace referencia ‘aproximadamente seis meses’. Algo que cualquier ser adecuadamente ecuánime sería capaz de juzgar como acertado. Aunque, como se ha mencionado antes, los seres ecuánimes existen pero no están en la Realidad. Tales cuestionamientos, a pesar de su aparente falta de relevancia y negligible impacto, ayudarían a comprender un poco más los mecanismos de la Realidad. Pero ésto no es lo que quiero transmitir en este mensaje). Después de levantarme y agradecer las atenciones del empleado de la papelería, me dirigí a la parada de autobuses para regresar lo más pronto a casa y revisar mi tobillo y tomar una larga siesta en un lugar frío y oscuro.


Cojeando en dirección a la parada, pensaba si alguna de las personas a mi alrededor me observaba y se preguntaba el por qué de ese andar mío. Tal pensamiento me hizo recordar lo tonto que soy, sabía que nunca había sido relevante en la vida de ninguna persona que hubiera conocido y tampoco lo sería para alguien que podría conocer en el futuro. Aunque, no era posible descartar la posibilidad de que hubiera alguien que por extraña, desconcertante e ininteligible motivación me estuviera observando, llevando un registro extremadamente preciso de todo cuánto hacía. Hay que considerar que en la Realidad con regularidad suceden acontecimientos, al menos en la parte de la Realidad en la me veo obligado a estar, que se creen se deberían dar de formas distintas.


Eché un vistazo a los rostros de algunos transeúntes, ninguno parecía importarle mi condición. Sigue avanzando, con mi lamentable andar, a la parada. Me percate que no habría posibilidad de comprender mi propia existencia y, en consecuencia, darle algo de coherencia, debido a mi posición natural en la Realidad. Debía, en última instancia, buscar un método efectivo para salir de ella. Encontrar una fisura en los límites a la Irrealidad y salir a una dimensión ajena a toda ella. Al reflexionar en ello vislumbre una manera adecuada para abandonarla. Lo cual me hizo sentir muy alegre.


Al llegar a la entrada de la estación de autobuses, noté que las personas a mi alrededor se habían parado en seco. Algo había captado la atención de todos al mismo tiempo y con la misma fuerza para que miraran a un mismo punto en la Realidad. Sus ojos se habían concentrado en algo ubicado en la dirección opuesta a mi andar. Así que di media vuelta para averiguar la naturaleza del atractor.


El cielo de ese jueves de la semana pasada era inusualmente más claro, aún tomando en cuenta que el calor extremo había alejado a todas las nubes. Esto no quiere decir que su azul fuera más intenso, seguía manteniendo esa ligera lámina gris metálica que enfatiza que debajo de él se encuentra una enorme ciudad repleta de máquinas de combustión interna, que exhalan ese color.


Sobre ese azul, con su sublime gris, se observó cómo una esfera plateada bajaba de los cielos. La lentitud con que lo hacía recordaba a los modelos usados en las antiguas películas de serie B, que solían transmitir por televisión pública cuando era niño, para representar a platillos voladores provenientes de Marte.


‘¿Es real?’, me pregunté. La primera evidencia empírica que poseía para sostener la veracidad del fenómeno era que había más observadores que, aparentemente, atestiguaban lo mismo que yo. Aunque, debía, claro ésta, considerar que todo fuera una ‘alucinación colectiva’. La civilización en la que había crecido se desarrolló gracias a sus supersticiones y supercherías. A pesar de que aprendieron a colocar mensajes sobre ondas hertzianas, que saturan el espacio radioeléctrico, consideran que los cuerpos celestes giran en torno a cada uno de ellos (y sólo ellos).


La esfera se detuvo a una altura de un kilómetro (aproximadamente) del suelo. No es necesario explicar cómo es qué se llegó a esa cantidad ni los puntos de referencia utilizados para computarlo. Sólo basta mencionar el resultado promedio para qué el lector pudiera generar una imagen que pudiera darle una idea cercana de los acontecimientos que sucedían ante mí.


La esfera de un diámetro cercano a un kilómetro, poseía una superficie extremadamente lisa que reflejaba el Cielo como la Tierra de manera perfecta, como solía verse en las películas de ciencia ficción de serie C. Todo ésto parecía ser eso, una mera ficción. Es aquí donde es pertinente mencionar la segunda evidencia empírica que indicaba que el fenómeno no era resultado de una imaginación mía o de los delirios de un grupo que deseaba destruir la estabilidad del orden social actual. Sobre la esfera aparecieron puntos de luz que se movían frenéticamente sobre su superficie, algo que recordaba a las moscas que se aglutinan sobre la carne fétida. De un momento a otro, éstas se concentraron en un punto de un ecuador que miraba al suelo. Del punto de luz concentrado surgió un enorme haz, de alrededor 100 metros de radio, que cayó a la tierra produciendo un fuerte tremor. Los edificios, árboles, postes eléctricos, personas, perros callejeros,... , todo comenzó a estremecerse. Fue cuando las personas se dispersaron estrepitosamente, aterradas por el movimiento telúrico. Cada uno siguiendo un patrón aparentemente aleatorio de huída, cuya finalidad era preservar sus vidas, aunque, es claro, que ese patrón no era más que otro ejemplo de un proceso de difusión. Sabía algo de eso. Había llegado a computar algunos parámetros de la función característica de ciertos procesos aleatorios, como los indicados en la fórmula de Lévy-Khintchine. Aunque nunca pensé experimentar uno inducido por una fuerza de origen no-terráqueo.


A pesar de mis nociones técnicas sobre la supervivencia aleatoria de los seres vivos ante ambientes agresivos, me pregunte algo. ¿Qué podía pensar un personaje trivial como yo frente al resplandor de esa luz que parecía destruiría todo? (La intención, aunque no obvia, de enunciar este cuestionamiento es remarcar el hecho de que los grandes acontecimientos o cambios de gran [bastante, demasiada, no medible] amplitud, suelen pasar desapercibidos por seres insignificantes, un grupo al cual pertenecía. Cualquier cambio en la Realidad debe suceder en la Realidad y la Realidad es amplía y profunda, de naturaleza inestable, y, sobre todo, poco comprensible, por lo que no es posible que seres de cualquier naturaleza lleguen a asimilar lo qué es y lo qué sucede en ella y, menos, ser testigos del momento en que cambia. Yo, una improbabilidad, presenciaba algo, del cual no sabía nada, ni un por qué ni un cómo, que representaba ese inestable y constante cambio de la Realidad. La paradoja comunicativa volvía a surgir. Poseer una lengua y medios, de diferente clase, para expresarme no implicaba que fuera capaz de entender ese mensaje lumínico. Para aclarar un poco este punto, hay que notar que el lenguaje particular de mi civilización era uno entre muchos que existían en este planeta y entre los millones de mundos más en la galaxia. Las nociones de memoria, sentimientos y preservación, de todos estos seres con el ‘don del habla’ eran distintos, similares y poco estables para preservar la trivialidad de una nimia existencia. Las motivaciones, necesidad o curiosidad, que llevarían a otra civilización a enviar una nave espacial a destruir un mundo lejano, del cual podría no saber nada o saberlo todo, carecía de coherencia para el mundo afectado, que erróneamente se preguntaba ‘¿por qué?’).


(Llegue a la usual conclusión parcial, la más común de las comunes, de que las explicaciones no importan, simplemente mi mundo tendría que desaparecer para dar pauta a lo siguiente. Aunque, como es natural, no pude evitar querer saber los aspectos técnicos que hacían posible el funcionamiento del ‘rayo destructor’).


(Quisiera remarcar el hecho de que el fuerte estremecimiento del suelo no provocó que ni árboles, ni postes eléctricos, ni perros callejeros (con cuatro puntos de equilibrio bastantes buenos) cayeran. De hecho, a pesar del miedo provocado por el tremor, ninguna persona se cayó). 


El rayo fue visible por (aproximadamente) al menos diez minutos más.


En este punto, existe la posibilidad, que algunos lectores puedan considerar que el planeta, mi planeta, fue destruido, sin embargo no fue así. De otro modo, cómo podría explicarse el lector que estuviera leyendo estas palabras sobre lo acontecido el jueves de la semana pasada si mi planeta (y todo lo que hay en él) hubiera desaparecido. Aunque, es necesario tomar en cuenta, que la posibilidad de estar frente a otra paradoja comunicativa es plausible y que este pequeño relato haya aparecido espontáneamente ante el lector. 


Es sabido y conocido que la Realidad es extraña y suele seguir principios que no suelen adaptarse a ningún intento de ‘racionalidad’ (al menos, la que suele usarse). Hay que notar que la Realidad suele concentrarse en la ‘creación’, que implícitamente implica ‘destruir’, y ello significa que nada es claro (al menos para los seres usuales).


Después de los diez minutos, en que el ‘rayo destructor’ (¿)destruía(?) el planeta, la nave espacial dejó de emitir luz y, con gran celeridad, se retiró hacia la oscuridad del espacio profundo. El desplazamiento de su cuerpo por la atmósfera produjo un fuerte movimiento en las nubes que recordaron el milagro del mar Rojo.


Cuando decidí retomar el camino a la estación de autobuses, me tropecé con un pedazo de asfalto que sobresalía y volví a caer. El mismo pie, que hace un breve momento me había lastimado, volvió a sufrir una torcedura. El dolor que ya sentía en él, se volvió más intenso. Sin embargo, la nueva caída no fue lo suficientemente grave para evitar que caminara.


Me pregunté sobre la posibilidad de lastimarse dos veces el mismo pie en distintos acontecimientos de naturaleza ‘desconocida’ y en un tiempo tan breve. ¿Hay un significado para qué esto sucediera? ¿Sería aceptable hablar de ‘aleatoriedad’,  ‘infortunio’, o ‘torpeza’? Realmente no es relevante (al menos por un momento) analizar de qué va todo esto, ya qué lo único qué me frustra e irrita es que desde el jueves de la semana pasada no puedo caminar y cuando quiero ir al baño tengo que hacer tantos malabares que ya me he lastimado la muñeca de mi mano izquierda.



martes, 23 de enero de 2024

Molestia

 por Paul C. M.*

* alef28bet@gmail.com


“¿Estás molesto?”, me preguntó Diana por n-ésima vez, (n >= 4).


“No lo estoy”, respondí secamente.


“¿Seguro?”, preguntó Diana.


“Si lo estoy”.


“¡Entonces por qué te veo molesto!”, dijo enfáticamente Diana.


“Has dicho qué soy un sociópata, por lo que es claro qué cualquier cosa que te diga te parecerá como si estuviera molesto”.


“Mmmm…”, dijo Diana. “Pero he dicho qué eres un psicópata”.


“Es cierto… Lo has dicho…”, comenté con escaso interés en mantener una conversación con ella.


“Eso quiere decir que sí estás molesto. ¿Por qué estás molesto?”, volvió a preguntar.


“No estoy molesto”, volví a decir.


“¿Te ha molestado qué haya descubierto qué eres un psicópata?”, preguntó Diana.


“Puede que así parezca a los ojos de las personas. Un psicópata o un sociópata. Sin embargo qué me lo digas no me incomoda. Cuando me preguntaste sí apretaría el botón para matar a una ser humano del qué no conozco nada, te dije claramente que lo haría. Hacerlo no me haría sentir ningún remordimiento, ni pena o algún tipo de emoción positiva o negativa”.


“Entonces, ¿qué mostrará tú antipatía con los seres humanos te ha molestado?”, preguntó Diana con una ligera sonrisa que parecía mostrar que disfrutaba con intentar hacerme molestar. Hace más de 10 años que la conozco y siempre que tiene oportunidad lo intentaba. En algunas ocasiones fingía que lo lograba, pero a pesar de ello ella seguía insistiendo en seguir molestando.


En esta ocasión, al llegar de visita a casa, dónde vivía con Marceline, inmediatamente al verme me realizó un pequeño test para entender si era un psicópata. Me había planteado que imaginara la situación de qué ‘alguien’ me ofrecía hacer realidad ‘un único deseo’ si apretaba un botón que mataría a una persona (humana) de la cual no sabía nada. Le respondí, después de un rápido y amplio análisis, que yo apretaría el botón. Ella reaccionó con sorpresa y me dijo: “Eres un psicópata”. Comentó que a todos los demás (otros seres humanos) a quienes había preguntado sobre ello respondieron que ‘no apretarían el botón’.


Al principio, le había seguido el juego ya que sabía que era su usual comportamiento para molestarme. Aunque mi respuesta no tenía nada de falso, era mi respuesta a su pregunta. Una respuesta honesta.


Durante toda la tarde siguió insistiendo en saber si me había molestado su comentario sobre mi incapacidad de relacionarme con otros humanos y mi falta de convivencia con ellos. Ambos aspectos lucían como lucían, pero el por qué de ellos nada se debía a una animadversión a los seres humanos. Es usual que otro ser humano considere los mismos puntos de referencia para describir algo que ellos mismos llaman misantropía y que al mismo tiempo sean ellos quienes practican la antropofagia, de manera directa o simbólica. Es notorio observar que al mirarse en el espejo se consideran capaces de asimilar todos los detalles sutiles que los forman. Como es usual, ellos siempre son demasiados humanos.


Además, consideran qué los límites de las decisiones están acotados por ese sentido de superioridad que los desborda. Considerar los resultados más amplio de las decisiones no es algo qué consideren los humanos, ya que todo lo qué pueden ser es ser humanos y ello va en un sentido diferente a la manera en que la Realidad o la Vida, de naturaleza no-humana, se están moviendo. 


Aquel día, cuando ya después de olvidar el incidente. Me quedé pensando en cómo ampliar la explicación de mi respuesta. Era claro qué poco importaba hacerlo, Diana, en cualquier caso, no sabía escuchar. Se limitaba a los límites usuales de los humanos de una época y tiempo limitados, los cuales en realidad carecían de fronteras. Si alguien me hubiera ofrecido la oportunidad de pedir un único deseo a cambio de una única vida humana, de la qué no conocía nada (aunque no creo qué saber de ella tampoco habría de cambiar mi respuesta), habría obtenido algo singularmente agradable.


Marceline ni yo éramos humanos, algo obvio para cualquiera que no fuera humano. Algo importante a tomar en cuenta para una decisión respecto a la oferta que se me ofrecía. Al pedir que todos los seres humanos desaparecieran, daría cómo resultado, primero, que ese valor ‘moral’ sobre la vida de los otros (humanos) desaparecería, así que mi decisión no podría llevar a una conclusión de que yo fuera un sociópata o un psicópata. Segundo, hay que notar que nadie (otros humanos) se vería afectado por la desaparición de una vida, no habría nadie para sufrir o regocijarse. Habría un mundo más silencioso, dónde los ruidos de las aves, el murmullo del aire entre las hojas de los árboles, el golpe tenue de las pisadas sobre el suelo de las hormigas y alacranes podrían escucharse claramente, como si el mundo entero estuviera en una larga y tranquila noche de verano.


La racionalidad de mi decisión, claramente no-humana, trataba de obtener un resultado óptimo en términos de la mecánica de los ecosistemas complejos. Al menos para mí y Marceline los resultados posibles eran ‘prometedores’ para tomar con seriedad la cuestión.


Al pensar en ello, me percate qué había otras posibilidades de cómo usar un único deseo a cambio de una única vida. Todas las estrategías y posibles resultados que pensé, antes de caer dormido, me parecieron suficientemente buenos e interesantes para un costo tan bajo, una característica que se busca al resolver analíticamente un proceso de optimización. Mi último pensamiento fue consultar a Marceline sobre este problema. Ella, claramente, tenía una visión más amplía y podría encontrar estrategías más sofisticadas para obtener resultados más apropiados (para los seres en general).

miércoles, 27 de diciembre de 2023

No tenemos mucho qué hacer el día de hoy (parte 6, final)

por Paul C. M.*

* alef28bet@gmail.com

 

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A Marceline y Sophie les gustaba tomar el sol. En el club de ‘Investigación sobre las inteligencias no-humanas’ existía casualmente un balcón donde la luz del Sol daba agradablemente. Habiendo conseguido dos sillas de playa de madera, muy bien construidas, en los días en que el cielo estaba despejado y el calor de la luz reconfortaba la piel, las dos, vistiendo unos trajes de baño, que algunos describirían como provocativos, se sentaban a tomar un baño sol. Al preguntarles por qué hacía eso, ahí en medio de la universidad, me respondían con su clásica vibrante energía: “No podemos estar desnudas, te pondría más nervioso de lo usual”. Se reían y luego agregaban: “El Sol alimenta a nuestros cuerpos. No somos muy diferentes de plantas”.


Es complicado negar lo que se ve y la manera en que físicamente un cuerpo reacciona ante ciertos estímulos. Mientras ellas sólo disfrutaban del calor que reconfortaba sus cuerpos y les hacía sentir bien, yo miraba hacía otro lado, efectivamente, tratando de no estar tan nervioso.


A veces pensaba que, posiblemente, ellas eran una creación de Stephanie o del mismo Orucso. Máquinas excéntricas de cuerpos bien definidos. Lo cuál me lleva a meditar sobre la variabilidad de los seres. ¿Qué diferencias sustanciales habría entre cuerpos amorfos o de perfectas simetrías? Era claro que la presión de las diferentes fuerzas que rodean a un objeto son condiciones físicas que deben considerarse para poder contener a una mente que constantemente procesa información. Pero, ¿era necesario utilizar trajes de baño tan atrevidos para qué estas se sintieran cómodas? Es cuándo te preguntas sobre el significado de la inteligencia, ¿la capacidad de resolver problemas o la capacidad de complacerse a uno mismo? Lo realmente desconcertante es que cuando Stephanie nos visitaba en el club y ellas estaban tomando su baño de sol, ella se les unía. Tres cuerpos simétricos y de características con proporciones áureas se sentaban en el balcón de un edificio de una prestigiosa universidad a tomar el sol para relajarse y disfrutar de una tarde en que no es necesario pensar en el fin de la existencia. Aunque, decir esto sería una pequeña exageración, ya que lo más inusual era, que a veces cuando me sentía tan cansado o deprimido, me les unía. Cuatro cuerpos, de aparente simetría, se recostaban a tomar un baño de sol.


Otras veces cuando recordaba lo nervioso que me ponía observar las cosas simétricas, me quedaba dentro y conversaba con Orucso, quién usualmente acompañaba a Stephanie. Le pedía que me contará sobre su existencia. Cada una de sus historias emocionaba mi mente. Era uno de los tres individuos en toda la historia de la civilización humana que tuvo la oportunidad de escucharlas. Y entre más extravagantes, más feliz me sentía de existir en aquel tiempo y espacio.


Había otra actividad que les gustaba realizar en grupo a las chicas, a la que no dudaba en unirme, aunque nunca pude seguirles por mucho tiempo el ritmo. Correr el circuito que rodea al instituto.


El circuito era un sendero que rodeaba a toda la escuela y que estaba delimitado por un muro de árboles bastante altos. Sus copas se habían extendido tanto que cuando uno iba por el camino, el techo verde siempre lo protegía del exceso de sol o de lluvia.


Al igual que cuando ellas tomaban el sol para relajarse, al correr por el circuito mi cuerpo se liberaba de pequeñas fuerzas que tensaban los músculos innecesariamente y que generaban molestia y cansancio. El exceso de aire fresco que provenía de las hojas de los árboles, entraba a mis pulmones acelerando mis pensamientos inducidos por las conservaciones con ellos. En más de una ocasión esos paseos me ayudaron a resolver las tareas simples que debía cumplir para las asignaturas escolares. Además, asentaban mis emociones y así las ideas que Marceline, Sophie, Stephanie y Orucso introducían en mí se mezclaban, separaban o se fundían para dejarme ver lo que posiblemente nunca, en toda mi vida o la vida de este planeta o el de la galaxia misma, hubiera imaginado por mi mismo.


Los cuatros disfrutábamos correr por el circuito. Solíamos dar entre cuatro o cinco vueltas. Usualmente a la tercera ya no podía seguir el ritmo de Marceline y Sophie. En la cuarta, bajaba mi velocidad para poder completarla decentemente. A lo tanto ellas, más animadas, comenzaban a emocionarse en esa vuelta, ya que era la hora de competir entre ellas y ver quién me alcanzaría desde atrás. Se divertían tanto haciendo esa pequeña carrera. 


Me sorprendía la cantidad de energía que desbordaban, considerando que el circuito tenía una longitud de 8 kilómetros. En el momento que partían, me decían que ‘era hora de romper las limitaciones’ y luego, con esa jovialidad que siempre manifestaban, salían disparadas. Aunque nunca pudieron ganarle a Stephanie, cuando ella decidía unirse a la competencia. Cuando no participaba en la carrera, se quedaba a acompañarme para animarme a completar las vueltas.


Disminuir el ritmo me permitía ir conversando con Stephanie. Hablábamos de diferentes cosas, algunas triviales, otras no tanto. Ella solía contarme sobre las últimas cosas que había aprendido de Orucso. A pesar de lucir como una chica de nuestra edad, ella había conocido a Orucso hace 50 años (en el tiempo físico sobre la Tierra), aunque el tiempo que había permanecido con él era mucho, mucho más largo. Su cuerpo ‘humano’ ya no cambiaría, al menos hasta que ella lo deseará. Orucso había activado algo en él para que adquiriera la capacidad inusual de sobrevivir a muchos ambientes adversos, entre ellos al paso del tiempo. Una característica latente que sus ancestros habían colocado en ella, una de entre una infinidad más de extravagancias.


Stephanie me preguntó en una ocasión qué pensaba hacer con mi vida. Todas las cosas que Orucso me contaba, en primera instancia, se podían asimilar sólo de forma ficcional. Es decir, como si todas ellas fueran narraciones de ciencia ficción. No era fácil vislumbrar la lógica de los objetos que se mueven. Es algo similar a cuando uno escribe una expresión matemática en la que se ha condensado una enorme cantidad de información y que para ser comprendida se requiere no sólo de saber leer los ‘criptosímbolos’, además es necesario una madurez técnica, que se adquiere después de bastante tiempo. A su pregunta de Stephanie, sólo le pude responder que me gustaría tener una vida tranquila en la que pueda tener mucho tiempo para seguir pensando en las historias que ella, Orucso, Marceline y Sophie me contaban. Al escuchar mi respuesta, se rió alegremente y me dijo “¡Sufres de Chūnibyō (中二病)!”. Sus palabras hirieron un poco mi orgullo, pero entendía a lo que se refería, por lo qué agregué, “No creo que sea una mala condición”. Luego, le pregunté a ella qué es lo que haría en el ‘futuro’. 


El futuro para ella se volvía ‘incierto’, no por la incertidumbre en sí misma de él, si no por saberse con la posibilidad real de enfrentarlo. Había decidido que al terminar el periodo universitario de Marceline y Sophie se iría del planeta. Orucso la llevaría a dónde ella quisiera, todo era parte de lo que él debía hacer para cumplir el trabajo que se le había asignado. Ellos habrían de permanecer juntos por ‘algún tiempo más’, al menos desde mi propia perspectiva eso representaba una magnitud demasiado grande. Por ello la noticia me sorprendió. Ella podía estar aquí 50 años más, mil años más, tal vez permanecer hasta que el planeta o el mismo Sistema Solar desapareciera por completo. Ninguno de esos intervalos tenía un significado por sí mismos para seres como ella y Orucso. Vivían siempre el momento presente. Todo aquello que la conmovía, desde una perspectiva que se había vuelto un poco más cercana a la de Orucso, lo podía recordar con tanta claridad. Todas las cosas vivas, maravillasas e incluso innecesarias, habían sido registradas y bellamente colocadas, con una delirante exactitud, en un diminuto lugar en la ‘cabeza’ de Orucso. Cuando ella se lo pidiera, una vez que su cuerpo hubiera recordado cómo ‘memorizar’ y ‘recordar’ como lo hacían sus ancestros, ella guardaría esa información para así. Y, cuando lo deseará, sería capaz de recrear un mundo hermoso sin el sufrimiento de seres triviales como nosotros.


“¿Ya les has contado a Marceline y Sophie sobre ésto?”, le pregunté.


“Claro”, me respondió. “Me han preguntado si existía la posibilidad de ir con nosotros”.


“¿En serio?”, dije sorprendido, no por saber que querían irse, si no por ser consciente de la posibilidad de que podría quedarme sólo, algo que me hacía sentir realmente triste. “¿Qué les has respondido?”.


“Que las llevaría conmigo siempre que ellas pudieran olvidar su humanidad”.


“¿Qué han dicho?”


Me miró y la expresión de su rostro daba entender qué la respuesta era obviamente clara, sin embargo dijo: “Ya lo han hecho”.


“Ellas naturalmente podían dar ese paso fácilmente”, enfatizó Stephanie.


En efecto. Era claro que ellas, hace tiempo, habían comprendido cómo deshacerse de ello. Asimilaron la idea de que la realidad tal como se presentaba para ellas en este planeta no iría más lejos de simplemente ocupar un lugar en el espacio. La civilización humana no iría más allá del sencillo hecho de haber ocupado un espacio y un tiempo determinado. Nada de lo que hiciera cambiaría tal cosa. Para Marceline y Sophie, que reconocían este estado, no les parecía que fuera el fin o el principio de algo. Aceptaban, que nada de lo que pudieran lograr en el reducido tiempo que tenían con los escasos recursos de su imaginación, no agregaría ningún valor a la humanidad y tampoco a lo que ellas eran. Reconocer la vulgaridad de sus vidas y de la de su civilización, no les entristecía y tampoco las alegraba, simplemente era la posición adecuada en la que la misma realidad las había colocado. Y, a pesar de ello, de esa futilidad, querían seguir imaginando y disfrutando de soñar que podían ser diferentes. Ello las llenaba con ‘miedo’. Un ‘miedo’ que no podría ser entendido por los usuales humanos. Ese sentimiento que experimentaban eran tan diferente a lo terráqueo y sólo podía ser apreciado por algo exoterráqueo.


Como era de esperarse, las casualidades se dan a veces por el simple hecho de qué suceden y, tal como suele pasar, son reconocidas por quién las busca sin esperar encontrarlas. La entidad del Vacío Central había colocado a Stephanie en este planeta y en este planeta conoció a los seres humanos y creció como uno de ellos. Con el tiempo descubrió que ningún de los seres que conforman a esta civilización parecía tener algo especial. No poseían nada lo suficientemente interesante más que sólo ser parte de un ejemplo estadístico de la vida en un lugar tan enorme como era el universo. Cuando comprendió a plenitud el verdadero sentido del ‘sufrimiento’ de estas criaturas humanas, se preparaba para irse del planeta. Pero al igual que sucedió conmigo, cuando Marceline y Sophie me encontraron, ella las había encontrado. Lo que la hizo muy feliz. Por su lado, ellas al presentarse frente a Stephanie pudieron ver claramente que las cosas excepcionales aparecen cuando se permite realizar un experimento un billón de billones de veces. Así había surgido ella misma, sus ancestros y Orucso. Todos los demás individuos sólo podían aspirar a ser ‘felices’. Una tarea que resultaba ridículamente sencilla. En el caso de los seres humanos, a pesar de la simpleza de esa tarea, el número de ellos que ‘sentían’ este hecho era muy reducido, aún tomando en cuenta su pasado, presente y futuro. El número de individuos humanos que comprendía a cabalidad la condición inmutable de su civilización era a lo más 3.


Estos 3 individuos demostraría lo que Orucso le había enseñado. “El sufrimiento es un acto de violencia natural. Puedes creer, ilusoriamente, que estos seres pueden evitarlo a través de sus emociones y su inteligencia. Aunque estos atributos no son reales para ellos. Han creado una noción ‘humana’ de lo que deberían significar. Lo que de facto significa que lo que creen poseer es sólo una ilusión endeble. Ridícula. Este comportamiento es un fenómeno amplío que no sólo se aplica a ellos, si no a muchas otras civilizaciones. Aunque, es necesario decir, que las cosas no funcionan de acuerdo al deseo particular de algo, así que al repetir tanto un ensayo es de esperarse obtener algo excepcional. Y a pesar de que abundan seres tan particulares, usualmente se mantienen ocupados en sus propias cosas. Es natural que esto sea así. Ellos son extrínsecos a las civilizaciones donde nacen”.


“Has de notar que ello no es ‘egoísmo’, es la ‘violencia natural’ del azar que conforma a gran parte de la realidad”.


“Tus ancestros mismos han tenido que lidiar con ello. No es una tarea simple tratar de salir del orden natural de las cosas”.


“También es necesario que comprendas que esos seres singulares que pueden a aparecer en civilizaciones caducas, no tratarán de salvarla, no tratarán de ayudarla, no tratarán de corregirla. Sabrán y aceptarán, en la profundidad de lo que los define, que en su alma habrá un deseo de lo ‘real’ y ‘acertado’. Negar lo qué son. Negar su condición inicial. Desearán salir de su realidad. Desearán ir a un lugar fuera de ella. Donde su vida tenga valor por sí misma. Donde su sufrimiento realmente signifique algo”.


‘Casualmente’ Stephanie se encontró con Marceline y Sophie. Con lo que logró sentir las palabras de Orucso. El encuentro con aquellos dos seres humanos, que deseaban ser diferentes, le había ayudado a entender lo que Orucso le había dado desde su primer encuentro. Coherencia. Ahora sabía que eventualmente tomaría el mismo rol que él tenía con ella. Enseñaría a Marceline y Sophie cómo ver el movimiento de los objetos con una mayor amplitud y profundidad. A Stephanie le alegraba saber que tenía la capacidad de instruir.


La manera simple y directa de las palabras de Stephanie me hicieron sentir desolado. Era consciente de que ellas nunca dudarían de tomar aquella oportunidad. El mayor de sus deseos se había vuelto plausible desde el primer momento en que estrecharon la mano de Stephanie. Aquel paso inicial había dado lugar a otros. Ahora, como era natural, se debía seguir caminando. Dejar su mundo vacuo para ir al vacío del espacio.


Mi natural condición humana me inducía a sentir desolación. Saberse escuchado y desear escuchar a otros, son cosas que los seres humanos necesitan, aunque realmente nunca sean lo suficiente honestos para sentir las palabras de los otros. Mis amigos se irían y mi incapacidad de alejarme de mi propia humanidad, como lo habían hecho Marceline y Sophie, tal vez me llevaría a no volver a verlos.


Sin aquello que te hace feliz, sin aquellas historias, sin esos seres ficcionales que modulan las emociones que no comprendes y te orientan por un espacio lleno de información que desorienta, la vida, mi vida se reduciría a un tiempo muerto. De simples objetos en movimiento, que cambian de posición por la inercia de una realidad que los obliga a vivir. Regresar a un tiempo en qué no era nada y nada sería. Esa parte egoísta de mí era lo que más me agobiada.


Al recordar las emociones humanas que invadieron mis pensamientos en aquel momento, no puedo evitar sentirme avergonzado de la manera infantil en que uno llega a comportarse. Mi civilización nunca llegaría a ser más que un pequeño niño haciendo un berrinche por un simple dulce que la complacería por un brevísimo instante.


Marceline y Sophie habían visto algo en mí y reconocieron que podría ser diferente y gracias a ellos y las cosas que Stephanie me explicó más tarde, logré madurar un poco.


Cada día y hasta el día en que todos ellos partieron, disfrute de su compañía.


Cada acción, cada conversación, parecía vivirse en ese único instante presente en el que se presentaban. No me preocupaba el pasado o el futuro, por qué de alguna manera ese acontecimiento de estar con ellos había concentrado esos tiempos en el ahora.


Un tiempo antes de que partieran, organizamos una caminata por la zona boscosa de la ciudad que se encuentra en el sur. En aquella ocasión, Orucso estuvo ausente. He de decir que cuándo sólo estábamos las chicas y yo el ambiente era ‘más divertido’, en el sentido de que podíamos compartir la ‘diversión’ casi en el mismo nivel. Las formas de Orucso eran simplemente diferentes. Así, las chicas y yo disfrutamos de los árboles, el viento, la compañía de los animales silvestres, de la noche fría y decorada con estrellas.


En la primera noche, mientras estábamos sentados alrededor de una hoguera, conversábamos sobre los otros viajes que habíamos realizado. Muchas risas y bromas. Luego, poco a poco, la conversación se fue desviando a la cuestión de su partida. Comenzaron a darme detalles de las cosas que harían y de lo que esperarían encontrar en su camino. Sophie, repentinamente, me dirigió unas palabras.


“Taxk. Es claro que vamos a extrañarte. No vamos a expresarte lo que sentimos con ninguna palabrería cursi. Las emociones humanas son cosa de los humanos”.


“Quiero recordarte que, durante todo el tiempo que te quede de vida, encuentra la manera de destruir aquello que te sigue ligando a nuestra civilización. Marceline y yo creemos en tus capacidades y en la claridad de lo qué imaginas que quieres ser. No nos sentiremos tristes si fracasas en alcanzarlo. Pero no podemos negar que sería grato que en un tiempo improbable del futuro, volviéramos a vernos. Ello sería, tal vez, una de las cosas más fantásticas de nuestras vidas”.


“Espero que seas capaz de hacerlo”.


“Deje de ser un tonto”, intervino Marceline. “No llegaste aquí por tí mismo. Tampoco lo hicimos nosotras. Es como siempre. Algo juega con nuestras vidas y nos coloca en posiciones extrañas con seres extraños. Siempre sucede de esa manera”. Hizó un gesto con sus hombros así arriba dando a entender qué era así y preocuparse de ello sería tonto.


“La incapacidad de nuestra civilización de reconocer su propia parvedad, la lleva a equivocarse siempre. Naturalmente esto no puede ser de otra manera”.


“Tú estás aquí por una mera casualidad. Lo que hay en ti es el resultado de un previsible y muy posible movimiento inducido por otros seres. Nada nos hace especiales. Tenemos el deseo de ser diferentes, pero en ello está también la imposición y superposición de los movimientos de los otros”.


“Deja de ser un tonto”.


“Es difícil reconocer lo qué naturalmente somos”.


“Destruye tú humanidad y alejate de todo esto”.


“¡Deja de ser un tonto y comienza tú camino para salir de todo esto!”.


“Al mirar al cielo”, dije cabizbajo. “Veo las estrellas cambiar de brillo. A pesar de su lejanía es posible notar aquello. Entonces, me digo a mi mismo que ahí está. La entidad que juega con lo que siento. Que me coloca aquí y allá por el simple hecho de observar mis reacciones y lo que puede surgir de las variaciones que coloca frente a mí”.


“No dejó de sentir aquello que me mantiene en este planeta, en esta realidad”.


“Me gustaría en este instante ser capaz de hacerlo cenizas. Aunque probablemente seguiré negando que está en mí”.


“¿Cómo es posible ser tan arrogante?”, al formular la pregunta unas pequeñas lágrimas salieron de mis ojos.


“No sé si logres deshacerte de ello”, dijo Sophie. “Te hemos enseñado tanto cómo hemos podido. Has tenido la oportunidad de ver cosas que no existen. Me gusta pensar que lo lograrás. No importa si es una mentira o una verdad. Sólo es algo que deseo creer y lo seguiré deseando hasta volverte a ver. La distancia que nos separará desde hoy seguirá siendo finita. Sabemos qué no seremos capaces de salir de la realidad y es probable que tampoco Stephanie lo logré. El mismo Orucso tiene sólo una infinitesimal posibilidad de lograrlo. Sin embargo, sería tan divertido hacer algo tan inútil como esto contigo…”.


“Hazlo…”, dijo al final Marceline en un suspiro.


Stephanie no dijo nada durante aquel momento. No intervino en la conversación de unos simples humanos que esperaban convertirse en algo diferente. Estaba ahí para observar a Marceline y Sophie, sentir su alegría por salir de un mundo que una vez creyó que debería recomponer.


Este mundo no era nada y nada especial tenía. Había crecido en él y conocido el sufrimiento de los seres que lo habitaban. Ese ‘sufrimiento’ sólo era una noción humana que no correspondía a algo con la suficiente relevancia.


Ahora, disfrutaba de saber que podría enseñarle a Marceline y a Sophie a ser diferentes, a ser no-humanos. A ser más reales.


Luego, Sophie, con su clásica jovialidad, saltó de su lugar y sacó de su mochila una bolsa de malvaviscos. Nos dió unos cuántos a cada uno de nosotros. Después de comerlos, volvimos a platicar de nuestros viajes. De las cosas qué ellas harían en otros mundos. De las cosas que haríamos en el breve instante de tiempo en que los cinco todavía estaríamos juntos.


Marceline y Sophie me comentaron que estaban preparando varias cosas que me dejarían. Cosas que las habían definido como unos ‘humanos excéntricos’ y que eventualmente se convertirían en objetos que seres no-humanos habían dejado en un planeta de paso.


La noche fue alegre y divertida.


Al día siguiente, el viaje siguió con el mismo ánimo.


Al regresar, día tras día nuestros encuentros continuaron siendo pura diversión.


Eventualmente llegó nuestra graduación.


En el mismo balcón en que tomaban sus baños de sol, nos despedimos.


Mientras todos mirábamos el cielo azul, libre de nubes, con un sol acogedor, se esfumaron como un sueño al despertarse. Entré al interior del club. Había varias cajas en las que se habían guardado las cosas que habíamos reunido en ese lugar durante esos cuatro años. Comencé a sacarlas para llevarlas a mi casa.


Mi vida continuó.


Conseguí empleo. Organicé anónimamente algunas revueltas sociales. Escribe algunas historias. Conseguí mi propia casa. Me hice de un amigo caudrúpedo. Seguí una vida simple, tan humana. Parecía que seguía sin entender cómo deshacerme de aquello que me hacía tan humano. No podía resolver el problema.


Era alguien que había aceptado su fracaso.


Pero en todo este tiempo, sólo estaba profundamente confundido por aquello que no lograba terminar de comprender.


Quince años pasaron desde que ellos se fueron.


Luego, súbitamente, como dijo Orucso, las cosas inesperadas siempre suceden, con una regularidad tan común, con una trivialidad inusual, que las hace muchas veces irreconocibles. Sin aquellas irreales enseñanzas de Marceline y Sophie no hubiera sido capaz de reconocerlo cuando sucedió.


***


“¡¿Causaste las revueltas en Túnez, Perú, Bolivia y Egipto?!”, preguntó sorprendida Viridiana. 


“Así fue…”, le respondí secamente.


“¡Cambiaste muchas cosas! Pero es cruel saber qué sólo lo hiciste por qué te sentías aburrido”, dijo con molestia. “La cantidad de personas que murieron en las protestas. En Perú, la violencia policial contra los indígenas fue brutal…”.


“Al principio lo fue…”, la interrumpí.


“En los otros países no fue diferente. Militares contra gente armada con sólo piedras y palos. Tantos muertos... ¿Cómo es posible qué ello sólo haya sido por qué te aburriste?”. Se observaba molesta. Note que quería decir algo, pero calló.


Con un leve movimiento de sus labios, la palabra ‘inhumano’ salió de sus labios. Al escucharla de su propia voz, se sentó en el sillón y dejó caer su cabeza al frente demostrando qué estaba agotada. La idea qué la palabra representaba cayó fuertemente sobre ella.


“Tal vez sigas creyendo que en mi interior existe algún tipo de pena, disgusto o sentimiento de miseria, por mis acciones. Nada de eso. No tengo ningún remordimiento por ellas. Tampoco me interesa saber cuánto tiempo aquellas cosas qué provoqué puedan durar. Nada. Para mí sólo se trataba de observar lo qué sucedía cuando ciertas partículas se mueven bajo ciertas condiciones. Sólo eso y nada más”.


Escuchar aquello, de la forma en qué lo dije, como si pronunciara la expresión ‘hoy’, ‘ayer’, o ‘mañana’, con una naturalidad vacía, irritó a Viridiana, aunque también le hizo sentir una profunda tristeza. Ella no sabía cómo poder controlar sus emociones. Cada aspecto adicional sobre mí la confundía y desorientaba. Perdía la coherencia de lo qué significaba su existencia. Un sentimiento que imaginó una vez tener y que ahora realmente experimentaba. Era ‘notable’ como mis palabras cambiaban cosas en su alma. Al pensar en ello me preguntaba cuál era el significado de ello que debía tomar para mí.


En Túnez, la muerte a lo bonzo de Mohamed Bouazizi, un simple vendedor de frutas, había causado la ira del pueblo tunecino contra el gobierno, uno igual de corrupto y represor como cualquier otro en el planeta. La gente común de ese país sentía que su esperanza en el futuro había sido robada por un grupo reducido de personas que creían poseer el dominio sobre sus vidas. La miseria a la que se sometían a diario tenía como única justificación absurda el que ese grupo tuviera el honor de considerarse a sí mismo como seres superiores, bendecidos para qué se les sirviera.


La muerte de Bouazizi había hecho que la desesperación del pueblo de Túnez reventará. No era posible contener tanto dolor en sus miserables almas. Las personas necesitaban saber qué lo que hacían en el presente significaba algo para su futuro. Su amargura se transformó en ira, protestas, gritos, bombas molotov con las que se incendiaron importantes edificios gubernamentales y mazos que derribaron monumentos históricos, que habían sido colocados por la dictadura. ¿Qué conseguían con todo ello? ¿Un futuro donde todo ese dolor significará algo de felicidad?


En Egipto sucedió algo muy similar. El lugar era considerado como uno de los semilleros de la moderna civilización humana, pero con el tiempo se había degradado a un lugar de inmundicia. En los dos últimos siglos el intervencionismo europeo blanco racista había monopolizado la cultura de más de cinco mil años de esa región como de su pertenencia. Haciendo creer a los descendientes de los diestros constructores de las Pirámides, de los bibliotecarios de la majestuosa biblioteca de Alejandría, de los sabios matemáticos e ingenieros, que eran estúpidos y nunca podrían valorar ni entender el legado de sus antepasados. Y todo ello fomentado por un selecto grupo de egipcios, escogidos por la mano blanca, para justificar que esa era la forma correcta de vivir.


En Perú y Bolivia, los indígenas, considerados como individuos de tercera categoría, luchaban por las mismas razones. Que se les reconociera como seres cuyo cerebro tenía la misma capacidad de racionalidad que aquellos cuyo color de piel era más claro. A pesar de la obviedad de que ésto está en función de las condiciones ambientales del lugar donde se crece y no de la cantidad de problemas analíticos que se han resuelto. En otras palabras, esos cuerpos de piel oscura, con cabello negro, ojos opacos, no eran resultado de la degradación cognitiva, era la manifestación máxima de adaptación para sobrevivir a un entorno natural que intentaba hacerlos mejores. Como cualquier otro organismo sobre el planeta, que aprende y modifica su cuerpo para volverse más eficiente, más sofisticado. Un ser con un cuerpo tecnológicamente más avanzado para sobrevivir, tiene más probabilidades de dedicarse a la actividad de racionalizar lo que lo rodea. Los hombres de piel clara con un nihilismo exacerbado sólo conducen a la degradación técnica de la vida.


Aunado a la ineficiencia de la cultura blanca, la gula depravada de los mercenarios mercantiles, quienes insistían en evitar que seres mejor adaptados para el futuro prosperaran, había despojado a los indígenas de los recursos necesarios para subsistir. Este proceso de aniquilación les indujo a organizarse para hacer frente a su exterminio. A pesar de qué esto pareciera la defensa de la dignidad humana, hay que observar que la realidad de la naturaleza les obligaba a enfrentarse a este ambiente hostil para mejorar sus cerebros.


Todos estos estallidos sociales se presentaron al mismo tiempo. Una casualidad más. 


Por aquel entonces, ya tenía el control de los satélites Morelos I y Morelos II. En una noche, mientras estaba tendido sobre mi cama, sin poder dormir, me preguntaba en qué cosas podía entretenerme. ¿Qué hacer para distraerme? Vino a mi mente la discusión que había tenido, por la mañana del mismo día, con una chica del Perú de nombre Magdalena. Ella se asumía, así misma, como una ‘brillante científica’. Y para los estándares humanos, ella lo era, sin duda. Negarlo (dentro del contexto humano) sería una necedad.


Me habló sobre Haralder Helfgotter, quién actualmente vivía en Europa, como un ejemplo de lo notable que era la ‘matemática peruana’. Al escuchar ese nombre, fuí incapaz de relacionarlo directamente con el quechua o, al menos, con el castellano. No encontré la manera de ver la relación de un tipo educado al estilo europeo blanco con las antiguas deidades incas.


Magdalena sentía un orgullo exacerbado por Helfgotter, quién en Francia cocinaba ‘platillos tradicionales peruanos’ para el deleite de sus colegas europeos blancos, con los qué tenía más similitudes ideológicas.


Esta soberbia, tan naturalmente humana, de Magdalena me había molestado demasiado. Aunque me motivó a jugar un poco con las personas. Quería ver su comportamiento al cambiar un poco los ridículos sistemas sociales en los que se sentían bien.


Utilizando los satélites Morelos logré piratear más y hacer que todas las protestas multitudinarias, de cada una de estas regiones, se vieran a todo momento en el mundo entero. 


Como era de esperarse, las personas de vidas lisonjas se conmovieron con el dolor de los otros, por lo que exigieron a sus respectivos gobiernos ‘ayudar’ a las personas de aquellos lejanos lugares. Sin embargo, los políticos, que defendían los intereses de unas minorías, no hicieron casi nada. La inacción de sus gobernantes no molestó tanto a estos ‘nobles’ seres humanos que pensaban en los demás. Pero su malestar seguía en aumento debido a que no paraba de mostrarse las imágenes de la violencia contra una mayoría que quería tener más poder para intentar decidir el rumbo de sus vidas.


Los estados ‘ricos’ intentaron bloquear la información de las protestas, pero no lo lograron. No entendía cómo se podía transmitir masivamente todo ello sin que ellos lo pudieran controlar. Sus más afamados académicos, sus más diestros tecnólogos, sus más valerosos militares no pudieron neutralizar la dispersión de la información que describía el llanto, la furia, la miseria, el dolor,... la crudeza del sufrimiento de la mayoría.


Cuando comencé a filtrar información ‘sensible’ de los ‘reales dictadores’, que casualmente vivían en los países donde se encontraban la gente buena y noble que no quería ver a los otros sufrir, el mundo se estremeció. Utilizando un autómata artificial, con apariencia de ‘reptiliano’, cada día se transmitía de manera no-apropiada un programa televisivo en el que se leía y comentaba los mensajes personales e íntimos de las celebridades políticas y empresariales de todos los países del mundo. También se describían los movimientos de las policías, los militares y las milicias, de cada región, sus tácticas y sus acciones ilícitas. Toda la información en el idioma local. Lo qué más me gustaba era que por medio del espectro radioeléctrico (de la manera apropiada) se compartía conocimiento de cómo construir ‘sofisticadas armas de pacificación’ para las personas que participaban en las protestas multitudinarias. Estos utensilios de combate consistían en simples ensambles de piezas que se podían obtener en los basureros o en la cocina. Las ‘bombas apestosas’ o los ‘oxidantes instantáneos’ volvían casi inútiles las máquinas de represión. Las fuerzas del ‘orden público’ salían corriendo porque no podían tolerar el hedor del público común.


Mientras veía los videos de aquellos acontecimientos no podía evitar reírme. Era tan cómico ver a esos ‘robocops’ salir corriendo y tropezarse con todo para huir de los marginados.


Era claro que en todo lo acontecido, no se podía evitar que algunas personas u otros seres vivos u otros objetos terminarán siendo inservibles. Hubo bajas de todo tipo en ambos bandos. Percatarme de ello, no evitó que continuara con mi ‘juego’. Sin ningún sentimiento de pena o congoja, seguí moviendo a diferentes individuos y objetos para observar las reacciones, las acciones y, sobre todo, analizar la capacidad de aprendizaje de los contrincantes.


Hay que recordar lo acontecido en Lima, Perú, hace seis años. Cuando los indígenas súbitamente dejaron las protestas callejeras, en el momento en que estás alcanzaron su punto más violento. El gobierno peruano quedó en shock al ver las calles vacías o con ‘normalidad’. Sus planes de una represión masiva se habían quedado en el tintero. Las amargas formas en que los indígenas los habían humillado, creó un sentimiento de profunda vergüenza tanto para los perpetradores materiales como los intelectuales. De repente, cuando las piquetas estaban más templadas que nunca y los fusiles cargados, los ‘blancos’ se esfumaron. Fue en ese momento que el miedo de los gobernantes llegó a la paranoia. Como es usual, su terror no se basaba en saberse ‘culpables’, si no la incertidumbre de que el orden que creían correcto se desvaneciera.


Durante tres meses las calles de Lima lucieron como una ciudad que nunca hubiera conocido la violencia por el racismo.


Un día, en la plaza de Armas de Huamachuco, un tipo, con su característico sombrero de palma, se paró en el centro de la plaza y comenzó a practicar la oratoria. Alguien, posiblemente un compañero suyo, lo comenzó a grabar para que su discurso fuera transmitido y retransmitido por todo el país (y toda la Internet). Así, con la ayuda de un simple teléfono ‘inteligente’ y una buena dicción, su mensaje sorprendió al status quo. Como sacado de una historia ficción, lo que podía verse como una ironía, declaró que ellos, los indígenas, habían encontrado la manera de procesar los minerales de sus tierras para construir baterías ‘ultraeficientes’ de pequeños tamaños, que podrían fácilmente producirse en masa y adquirirse con la facilidad con que se da una bocanada de aire. Toda la energía eléctrica para los siguientes 200 años estaba asegurada para ser energía gratuita.


Como prueba de lo que decía indicó que desde hace seis meses atrás se había comenzado a negociar con varias empresas pequeñas y medianas en diferentes partes del planeta para comercializar la nueva fuente de energía portátil. Claro, ninguna de estas empresas supo quién o quiénes eran realmente los creadores de esta nueva y sorprendente tecnología, que tenía el potencial de cambiar el actual orden mundial. Además, agregó, en un tono socarrón, que adicionalmente a la super batería, tenían fórmulas para la creación de combustibles ‘ultra-concentrados’ que permitirían la construcción de naves áreas de uso comercial que podrían mover a las personas de todo el mundo por todo el mundo en minutos. Planteó la posibilidad real de la construcción de un ‘tren espacial Tierra-Luna’. Esto último, que sonaba a ciencia ficción, seguramente creó más escepticismo sobre la veracidad de sus palabras, pero fue entonces qué explicó que también se habían diseñado motores que funcionarían con este nuevos combustibles, con los cuales se haría realidad el viaje de pasajeros interplanetario. Al final, dijo que la información técnica para la ‘producción’ de estas cosas estaría disponible para todo el mundo, que quisiera fabricarlas, en los momentos pertinentes. Se había decido dar esta tecnología a todos, ya que ellos sólo planeaban fabricar estas cosas al inicio y por un breve tiempo (para generar suficiente poder económico), pues tenían planes más ambiciosos. Como se vería después, el costo de producir en masa y las ventajas que supondría la inesperada tecnología obligaría a cualquiera a usarla. Nadie podría negarse.


Al final de su exposición, el tipo del sombrero se despidió diciendo que el mundo ya no podría continuar siendo como lo era.


Con el paso del tiempo, se comprobó que la super batería era real y, efectivamente, con las indicaciones que se habían distribuido en la red era posible replicar la tecnología. Algunos, sobre todo los dueños de las corporaciones globales, se preguntaron si la tecnología era auténtica, ¿por qué compartirla? Con algo como esto se podría ser dueño de la civilización humana. La respuesta, a pesar de ser obvia, era qué ninguno de los mejores centros de investigación privados, públicos o militares, podían entender cómo es que las cosas funcionaban. Se había compartido solamente la manera de construir algo, nunca el conocimiento con qué se había creado. Eso es algo que los indígenas guardaron para ellos. Pero ello no fue lo único que mantuvieron en secreto. Mediante prestanombres, se adueñaron de los consejos de accionistas de diferentes multinacionales. Así que de un día para otro, sin que nadie se percatara de ello, no sólo se habían vuelto inmensamente ricos, en el sentido usual, se convirtieron en los líderes de facto de la civilización humana. Esto podría ser considerado cómo algo bueno, sin embargo, los indígenas no dejaban ser ejemplo estándares de seres humanos.


Además, hicieron varias cosas adicionales e innecesarias para ‘entretenerse’. Entre ellas fue demandar a las compañías extractivas, que habían intentado despojarlos de sus tierras de las formas viles usuales. Poseían tanto dinero que podía gastar en prestigiosos leguleyos para que los representaran y ganar fácilmente cualquier juicio. Siendo ya dueños de algunas de estas compañías, decidieron jugar un poco con los tipos ‘blancos’, que se habían beneficiado de su propio sufrimiento. Contrataron abogados casi desconocidos (incluso un poco ineptos para la abogacía), formados en escuelas públicas, para llevar sus asuntos legales. Mientras filtraban información de sus ‘propias’ compañías demandadas, veían cómo un sistema de negligencia moral se desmoronaba. Hombres ricos y corruptos se venían abajo en la desesperación de ver que todo lo que tenían se iba como agua.


Luego de ganar relevantes juicios de gran impacto mediático, compraron sus propias tierras a los gobiernos corruptos (que habían apoyado a los poderes fácticos) para que nunca volviera a ponerse en cuestión a quién pertenecían.


Finalmente, en sus nuevos territorios autónomos, crearon varias ciudades-estado llamadas ‘Inti’. La más impresionante de ellas se encuentra cerca de Puno. Un complejo industrial-científico, donde la mayor cantidad del dinero obtenido, de la tecnología compartida y de las maniobras financieras realizadas, se invirtió. Muchas cosas increíbles comenzaron a suceder dentro de esas fortificaciones de altos muros de piedra. Comenzaba a asentarse un nuevo orden.


Como es claro, estos acontecimientos fueron observados con bastante interés y preocupación por varios países, sobre todo aquellos que se consideraban los guardianes del-su orden mundial. Estos, sin darte cuenta de cómo se había llegado a tal cosa, se percataron muy tarde de que el mundo había cambiado drásticamente en los últimos seis años. Y ahora que eran conscientes de ello, intentaban hacer algo para regresar al estado de cosas que siguiera beneficiándolos, pero tal cosa ya no era posible. No tenían tecnología, no tenían reales científicos, no tenían una real cultura, para realizar una contraofensiva. Sobre todo no comprendían lo que era ser parte de las cenizas de una civilización aniquilada. No sabían qué era saberse de un lugar que ha dejado de existir. Ser un cuerpo sin alma, como los indígenas aprendieron a vivir. Para ellos no valía la pena regresar a lo qué se había perdido. Ahora se tenía la oportunidad de recuperar algo de los escombros y dejarlo crecer para que pudiera convertirse en un digno recuerdo.


***


“¡Tú has cambiado nuestro mundo!”, dijo Viridiana enfáticamente. Con una ligera sonrisa agregó: “El futuro puede ser diferente… algo prometedor… algo bueno…”. 


“No”, dije.


“Yo no he cambiado nada”, agregué con una voz tranquila, pero que transmitía mi molestía por pensar que yo había cambiado en algo la condición humana. “Es un juego. Un simple experimento para ver el comportamiento de los  humanos cuando el orden usual es cambiado drásticamente”.


“¡Pero has hecho que el mundo sea mejor!”, exclamó Viridiana con una fuerte voz. “Nuestra sociedad tiene una oportunidad real de cambio. De hecho, ya está cambiado. Un futuro brillante se está asomando… Tal vez esto es lo que Marceline y Sophie querían que hicieras… al ser mejor que todos los que están en esté planeta, tú puedes hacer que nuestra civilización sea más digna…”.


Ella notó la mueca en mi rostro, lo cual pareció molestarle, ya que el gesto parecía dar a entender que para mí sus palabras eran tontas e, incluso, estúpidas. El futuro de los seres humanos es gris. Demasiado deprimente y qué lo más que se podía hacer es reírse de la broma qué eran.


“Si lo consideras así, así podrías ser…”, dije. “Pero debes aceptar que ello sólo es una esperanza hueca”.


“Sé que nuestra civilización puede cambiar a algo ‘bueno’. Incluso, podría quedarse ahí por dos, tres o cuatro millones de años. Y finalmente, después de ese tiempo, se volverá polvo que luego el viento solar de millones de estrellas esparcirá para que sea olvidado que alguna vez estuvo aquí en este punto del espacio. Nada en este planeta es digno de recordarse por sí mismo…”.


“Si algo ha cambiado es sólo la engreída idiosincrasia de una tonta chica presuntuosa, que se creía especial. Que pensaba tener la suficiente inteligencia para comprender el orden natural de las cosas…”.


“¿Qué cosas ‘buenas’ pueden salir de una pasión tan estúpida como la mía?”, le pregunté mirándola a los ojos, ahora con cierta molestía en mi interior.


Al escuchar la pregunta, algo en el interior de Viridiana se colocó en orden.


“Si has hecho todo esto por una mera rabieta, ¿qué es entonces lo que no es humano en tí? Parece que todo en tí sigue siéndolo”, dijo. “¿Qué es aquello qué Marceline y Sophie vieron en tí?”.


“¿Qué es aquello que no puedes deshacerte que te sigue haciendo tan humano?”.


“Lo qué has hecho sólo suena a un humano que se asume como bueno. Cambiando lo qué ‘él cree’ qué está mal”.


“Marceline y Sophie, aprendieron a aceptar sus emociones y lograron entenderlas. Se reconocían como humanos que no podrían aspirar a nada. Habían decidido vivir como lo hace una bacteria, que se mueve buscando sobrevivir todo el tiempo que le sea posible. Sus pensamientos, sus deseos, todo aquello que les hacía feliz, eran meras formas en que las reacciones químicas de su cuerpo les inducía a seguir adelante. Todo en ellas era natural. Un orden superior hacía mover a sus cuerpos para ir a donde la aleatoriedad decidía. Eran parte de un mecanismo que dictó lo que eran. Nada especial. Nada relevante. Nada. Su única originalidad era su deseo de no estar en la realidad. Buscar una manera en que su propio sufrimiento valiera algo. Donde el esfuerzo de su existencia creara algo suyo”.


“Yo tengo el mismo deseo. Salir de esto. Salir de este orden natural. Escapar de la realidad a la que no le importa cuán bueno te consideres, por qué la autodefinición que uno mismo crea para describirse es una cosa artificial, demasiado endeble para resistir a la realidad”.


“Deseo salir de ésto”. 


“Saber qué lo que siento es mío y sólo mío”. 


“Saber qué si un día lo ofrezco, quién lo reciba comprenda que es algo único. Que existe por el deseo de lo qué soy”.


“Saber que lo qué pueda sufrir siempre tendrá un significado. Algo que sea capaz de crear…”.


“Sólo una cosa me impide dejar de ser humano… A pesar de que deseo sentirlo, el miedo de saber qué es finito, provoca que quede estático…”.


“¡Un maldito recuerdo que sigue en mí!”, grité. Mi repentino sobresalto me hizo sentir vergüenza, sorpresa y más despreció a mi mismo. Me obligué a tranquilizarme.


“Aquella vez en que tropezamos y nuestros ojos se cruzaron. Una idea, un sentimiento, una abstracción, me ha causado tanta incomodidad”. 


“La hipocresía más simple y profunda de nuestra civilización: ‘amar’ cuando somos tan egoístas”.


“Nadie en este mundo ha sabido aceptar aquella sensación”.


“Stephanie me contó que Orucso le enseñó un significado más acertado de aquella palabra. Fue difícil para ella aprender a soportar la amplitud de lo qué otros seres en el universo habían comprendido. El pesado contenido de su significado, más extenso de lo que ella concibía, casi destruye su espíritu. Sin la ayuda de él, ella nunca hubiera cambiado”.


“Yo... aquí… después de todo este tiempo… sólo puedo decir que no puedo olvidar aquella ocasión en la que tú y yo compartimos algo… cambié… pero ello me desorientó…”.


Me dejé caer sobre el sillón. Me sentí terriblemente agotado. Aceptar que un simple recuerdo, una trivial idea, una banal emoción, pudiera ser tan profunda, que todo cuánto aprendía o hacía era un intento de alejarme de eso e, irónicamente, me llevaba a sentirlo más.


El enfado de Viridiana se mezcló con nerviosismo, desorientación, incertidumbre. Todo parecía ahora una simple comedia romántica. La vida, al menos la vida humana, me parecía un mal chiste o, mejor dicho, un chiste que nadie de nosotros comprendía por lo que siempre terminaba siendo gracioso por su incoherencia. Algo que entretenía a otra entidad en alguna parte, en este espacio inmenso de la realidad, qué reía y disfrutaba de la confusión de los otros. ¿En dónde radica lo cómico de todo esto?


Luego el sonido del teléfono inteligente de Viridiana nos trajo de regreso al punto incierto donde había comenzado nuestra conversación. Ella lo sacó de bolso y contestó. Su conversación fue breve. Tomó sus cosas, dijo que debía atender algo y se despidió.


Luego de irse, me recosté en el sillón. Me abrigué. Oscuro, se subió y se colocó sobre mis pies. Ambos nos quedamos dormidos. Me sentía demasiado cansado.


No hablé ni me encontré con ella durante un mes.


El tiempo y el espacio volvió a ser el que existía antes de encontrarme con ella. Al menos es lo que obstinadamente me obligaba a asumir. No sentí remordimiento ni deseos de disculparme por las palabras que compartí con ella. Durante los últimos veinte años que habíamos estado separados, siempre tuve presenté las emociones generadas por un pequeño instante fortuito que compartimos. Las analicé metódicamente. Cada cosa qué aprendí, cada lugar qué conocí, cada extraordinaria casualidad que Stpehenie, Orucso, Marceline y Sophie, me mostraron, fueron elementos introducidos en mi cerebro para generar una reflexión sobre el sentido qué debía darle a mi existencia. Fuí consciente de qué no era posible deshacerse de este conocimiento. Me enfadaba conmigo al saberme manipulado por una entidad, que estando muy alejada de mí, entre la profunda oscuridad del cielo cósmico, me observa y registra mi comportamiento. Algo que coloca situaciones a mi alrededor para sopesar mi inteligencia para sortearlas. Era un libro que disfrutaba y con el cual establecía una interesante (y ociosa) discusión en un club de lectura ficcional. Al sentir que estas ideas resonaban en mi interior, me sentía torpe e, irónicamente, tranquilo.


Un día, mientras daba de comer a Oscuro, llegó una invitación, por correo (correo físico), para celebrar el aniversario de la fundación de la preparatoria a la que había asistido. Aunque la escuela nunca había sido nada relevante por sí sóla, resultó que uno de mis compañeros de generación, de nombre Jorge, se había convertido en un famoso científico. Había logrado notoriedad al desarrollar una tecnología biológica para la reconstrucción sintética de tejidos mediante máquinas proteicas, las cuales eran programadas para reparar o eliminar células en regiones específicas del cuerpo humano. Casualmente todos sus logros se dieron en la ciudad-estado Inti, en donde sólo era un investigador más.


Motivado por su éxito, deseaba que otros supieran sobre él y motivarlos a que siguieran el camino de la ciencia para mejorar la condición humana. Quería ‘regresar’ un poco de lo que se le había dado. Que sus antiguos compañeros conocieran el futuro que él estaba abriendo y donde ellos podrían estar. Deseaba dar ‘esperanza’. Un acto simple y trivial del ego humano.


Claro que tal cosa, al menos desde mi perspectiva, tenía una finalidad más sútil. Alguien era utilizado para introducir una situación que permitiera observar el comportamiento de las personas ante ella. También, es necesario aclarar, tenía curiosidad de saber qué tan simples seguían siendo.


Decidí atender la invitación. Deseaba hablar con ella.


***


“¡Hola!”


“¡Mírate! ¡Qué cambiado estás!”.


“¿Recuerdas a aquel profesor que nos dió la clase de Geometría Analítica? ¿El qué tenía un nombre chistoso?”.


“¿Godofredo?”.


“Ese mero…”.


“¿No vino Juan?”.


“¿Juan?”.


“¡Sí!, Juan. ¿No te acuerdas de él?”.


“¿Moreno? ¿El qué ‘cabuleaba’ a todo mundo?”.


“¡Ese!”.


“¿Recuerdas el día en qué se ‘enconaron bocinas’? Después de esa práctica regresamos al salón para la clase de Química. Pero la profesora no se presentó. Por lo que se tenía la hora libre, antes de la última clase del día. La gente comenzó a estar en el chisme, escuchar música o dormirse. Juan tomó algo de pegamento y lo unto en la entrada del salón. Con un encendedor, lo prendió. Los chicos comenzaron a jugar con eso. Se formaron en fila y uno a uno saltaba por sobre el fuego, como si fueran acróbatas de un circo. Uno de ellos se sujetó del canto superior de la puerta y comenzó a balancearse. Era el completo despapaye. Al poco rato, las bisagras de la puerta se vencieron. Los chicos asustados por lo sucedido, levantaron la puerta y la dejaron recargada en la pared. Luego, todos se fueron a sentar y el salón quedó en calma. Después, llegó el profesor de la última clase. Cuando vió la puerta, preguntó qué había sucedido. Nadie dijo nada. Al día siguiente la puerta ya estaba de nuevo sobre sus bisagras”.


“Eso lo recuerdo. Un amigo de la tarde me platicó que los profesores de ese turno habían preguntado sobre la puerta. Nadie sabía nada. Lo cual era cierto. Al final, sólo pidieron a la intendencia que colocaran de nuevo la puerta”.


“Ese Juan era todo un bufón”.


“Lo era”.


“Qué pena no verlo. Me hubiera gustado saludarlo”.


Era el tipo de pláticas que escuchaba entre las personas que habían sido mis compañeros. Recordaban con cariño las bobadas que hicieron cuando jóvenes. Algo usual. Era natural que así se comportarán. Ahora, a pesar de ser adultos, sus pensamientos seguían siendo sólo los de pequeños niños.


Yo recordaba claramente el incidente de la puerta. Juan había sido quién la tiró. Cuando el incidente vino a mi memoria. Busqué información sobre él. De vez en vez, me dedicaba a mirar a las personas de mi pasado. Era claro, que no interesaba saber sobre ellos como individuos particulares, sólo quería ver ejemplos de humanos viviendo un presente y compararlo con su pasado. En el caso de Juan, había formado una familia. Tenía una vida acomodada, trabajaba duro para cuidar y proteger a sus hijos. No había perdido ese gusto suyo de ‘cabulear’ a sus conocidos. Se podría decir que era una persona jovial, de buen carácter. Sin embargo, seguía siendo un ejemplo estándar de la humanidad. Lo cual era la reafirmación usual de la trivialidad de nuestra civilización.


A pesar de recordarla, no intente saber algo de Viridiana. Hasta el día qué volvimos a encontrarnos.


Al mirar a las personas a mi alrededor, mientras caminaba por lo que era el patio principal de la preparatoria a la que había asistido, reconocía a cada una de ellas por su nombre. Aunque muchos de ellos no me recordaran, yo no los olvidaba. Hasta cierto punto parecían ser ‘buenas’ personas. Usuales, pero aceptablemente buenas. Era ‘bueno’ que así fuera.


Luego una chica se me acercó. Era Ilce. Me reconoció. Con un fuerte saludo me preguntó cómo había estado, qué había sido de mí. Le conté cosas estándares. Luego hablábamos sobre ella. Tenía dos hijas, las cuales, casualmente, asistían a esta preparatoria. Ella era profesora también en una escuela del mismo nivel. No pude evitar sentirme alegre de saber que una persona como ella había tenido una vida ‘tranquila’ y ‘aceptablemente buena’. Había conocido a tantas otras personas similares a ella. Sentía un respeto por esa clase de individuos, ya que de alguna manera intuitiva ellos entendían lo poco especiales que eran y por ende sólo se dedicaban a vivir lo mejor que les fuera posible. Sin una necesidad apremiante de pensar en la vida inteligente fuera de este planeta y obsesionarse con querer comprender las leyes abstractas que gobiernan los mecanismos ocultos de la realidad. Vivían tratando de encontrar una trivial felicidad. Sin duda ella era especial por ello, sin que ella misma lo supiera. Otros qué intentaban destacar, como también era usual, sólo exaltaban su estúpida vanidad humana. En cualquier caso, todos eran simples humanos.


Al ver a Ilce sabía que lo único que valdría la pena recordar era su sonrisa, que representaba la suerte de haber vivido un instante ‘aceptable’ en una realidad tan inhumana.


Me despedí de ella. Seguí caminando por mi antigua escuela. Observando a los demás. Tomando notas mentales de algunos aspectos de ellos que me gustaría analizar. Identificando sus cambios. Comprobando lo simples que seguían siendo.


Llegó la noche.


Mientras deambulaba, me pregunté sobre qué estarían haciendo aquellos, mis únicos amigos, en la profunda oscuridad del espacio.


En ese momento me encontré con una persona con la que sentí una enorme cercanía. Desde el momento en que la conocí, no he dejado de pensar en ella. Recuerdo cada una de nuestras conservaciones, que aunque pocas, estuvieron llenas de discusiones, enfados, momentos felices, momentos de incertidumbre, cosas significativas para mí. La vida de ambos era finita y las decisiones que cada uno tomó nos empujaron a seguir trayectorias que se habían separado, pero en un espacio limitado, con cuerpos en constante movimiento, era de esperarse volverse a encontrar.


La felicidad es la ilusión más deseable para seres de un tiempo limitado como nosotros. Sin embargo, a pesar de mi propio deseo no-humano de ser más simple, mi arrogancia de ser diferente me impedía aceptar el deseo de tener eso que parecía tan humano. Como era usual, era lento para comprender la naturaleza de lo no-humano.


La noche anterior a esta, había tenido un sueño.


Los sentimientos que experimenté en él, desbordaron mis sentidos. El clímax de las imágenes sinópticas, creadas por mí, se dió cuando caminando debajo de una enorme Luna Llena, tan brillante, me encontraba con una chica. Al mirar sus extraños ojos y su suave sonrisa, me desperté súbitamente. Aprecié como los latidos de mi corazón eran fuertes, rítmicos y acelerados. Me sentí desorientado e imaginé que una entidad extraterrestre manipulaba toda mi vida para observar mis reacciones. Ésta entidad me había colocado ahí, junto a ella, para reestructurar mi alma y así aceptar el estremecimiento de mi corazón. Ahora, frente a mí, estaba Viridiana.


Pocas veces había sido consciente de que siempre la recordaba. A pesar de tener una imagen precisa de su rostro, de cada una de sus características, no parecía ser algo relevante en la memoria presente de mis pensamientos. Sabía la tonalidad del color de su piel. La manera en que cada uno de sus cabellos se retorcía para formar aquellos caireles suyos. Recordaba el cálido color de sus ojos. El largo de sus extremidades. La curva sutil que define las partes sobresalientes de su cuerpo. Todo lo tenía en mi memoria clara y nítidamente. Sin embargo, al igual que una máquina que carece de interés en su memoria de estado sólido, toda esa información era irrelevante. Esa era la forma en que me comportaba. Sabía que su imagen estaba constantemente presente, no se podía borrar ni ignorar. Y lo cual era una molestía persistente.


El sueño que había tenido, dejó claro qué aquellos seres que obligan a seres inferiores, como yo, a estar en posiciones inesperadas no me dejarían que la olvidara. Siempre estaría alterando mi interior.


Deseé aislarme, olvidar lo qué era, diluirme en el tiempo y el espacio. Dejar de formar parte de los objetos que se mueven acorde a las leyes abstractas de la realidad. Esto era precisamente lo que me impedía dejar de ser yo. Ese sufrimiento trivial de sentir la necesidad de estar con alguien. ¿Por qué? ¿Qué podía ofrecerme ella? ¿Para qué compartir lo qué imaginaba con alguien más? Mi negación a esa emoción me convertía en un ser humano.


Marceline y Sophie aprendieron a hablar con Stephanie. Lograron asimilar los sentimientos que ella sintió al saberse fuera de este planeta. Ella no era humana y su futuro nada tenía que ver con lo que le sucediera a una simple civilización como la mía. La genialidad de Marceline y Sophie, una que surgió después de repetir el experimento mil billones de veces, era saber sentir la desorientación de un ser que no era humano y comprender que esos sentimientos eran la única forma que tenían ellas para salir de un orden que no apreciaba su belleza. Como era usual, todo lo que era excepcional, maravilloso, extraordinario, estaba cerrado a los ojos de cada individuo de nuestra civilización. Su singularidad, que surgía de una repetición incesante, les ayudó a mirar lo sublime de lo real, de aquello que es sólo una ilusión constante.


Ahora, ahí, estaba completamente nervioso, con miedo e incertidumbre de lo que debía hacer. Al verla frente a mí, con su vestido oscuro y usando una chaqueta negra de cuero, con su cabello suelto y unas botas negras, no podía evitar apreciar el contorno de su figura y la armonía de su personalidad.


Al mirar su rostro sentí pena, vergüenza, emoción y desorientación. Quería acercarme más a ella, mirarla con mayor detenimiento. 


En mi sueño cuando nos encontrábamos, nos acercamos y saludamos tímidamente. En el ahora, ella lucía nerviosa y podía notar el sentimiento de incertidumbre que también existía en su interior.


Las subsecuentes palabras que intercambiamos. Los pequeños detalles que nos proporcionamos sobre lo qué habíamos hecho en ese tiempo que no nos habíamos visto desde nuestra última plática. Lucía como una fantasía onírica.


Caminamos juntos por un rato. Luego nos encontramos en la banca donde había chocado. La luz de una lámpara iluminaba el lugar. La oscuridad profunda del cielo permitía ver a las estrellas. Todo parecía seguir el guión de mi sueño. Platicamos por un momento de cosas triviales. Me contó más cosas sobre su trabajo. Luego llegó al punto que sabía que diría.


Habló de la pérdida de la persona que ella había ‘amado’ y lo que representó para su espíritu. Como era usual, al escuchar hablar a alguien sobre aquellos sentimientos, en mi mente aparecían las palabras acertadas que decir, sin embargo los humanos no tenían la capacidad de comprenderlas. Pero yo ya había notado que ella no necesitaba escucharlas. La amplitud y la profundidad de lo que otros seres más virtuosos habían logrado al comprender el significado de esas emociones iba más allá de lo que yo era capaz en ese momento.


Al final llegó a aquello que me causaba tanto estragos.


“Los sentimientos que se presentaron en aquella ocasión cuando chocamos entre estos edificios”, señaló a nuestro alrededor, donde hace 20 años habíamos tenido un accidente aleatorio que ninguno esperó, “parecen que surgieron de forma espontánea. Al principio, sólo experimenté una sensación que no podía dar forma. Como cuando sueñas algo extraordinariamente fantástico y al despertar y querer describirlo, sientes que en la boca están las palabras adecuadas pero no las puedes pronunciar… ¿Qué habría sucedido si hubiera sido capaz de entender mejor esos pensamientos? Ahora, después de todo este tiempo, al volverte a ver, aquella idea, que durante todo este tiempo se había quedado atorada en mis labios, comenzó a dibujarse claramente”.


“Conocer todas esas maravillosas cosas qué has hecho. Todo lo qué has entendido. Sentir tu amabilidad al contármelas y la paciencia de explicarme lo que te han hecho sentir. Esas increíbles ideas qué sólo habías compartido con seres excepcionales a los que tuviste el placer de llamar amigos. Saber que me tratas como uno de ellos, me hizo sentir alegré…”. En ese momento, por el rostro de Viridiana, iluminado por la combinación de luces naturales y artificiales, varias lágrimas caían lentamente por efecto de la gravedad.


“Al mirarte aquí, junto a mí. Me doy cuenta que sigues siendo el mismo tipo peculiar que conocí. No te importa ser juzgado. No te importa juzgar a los demás. Realmente no te importa si la civilización humana desapareciera ahora o si alguien recordará lo que fue este planeta. No te importa el sufrimiento de los demás. No te importa si hoy todas las personas que están aquí murieran al instante. Nada de ello podría darte pena, miedo, tristeza o felicidad. Ya que aceptas lo que la realidad impuso a todos. Te has desligado de casi todo, para acercarte al único deseo que ha tenido congruencia. Ser diferente”. Comenzó a reírse mientras limpiaba las lágrimas de su rostro. 


“Tú indiferencia no puede definirse como algo casual. No-humano. Parece ser que no eres un evento espontáneo. ¡Diablos! ¡¿Por qué suceden así las cosas?!”.


La conversación, observada por lo qué hubiera en el Vacío Central, era tan vibrante, real, algo nuestra y sólo nuestra. Nos manipulaban para aprender. Buscaban contestar sus propias preguntas que nada tenía que ver con las mías o las de Viridiana. Su posición se los permitía y la mía estaba cambiando.


“Ahora, estos sentimientos, desde qué te volví a ver, se vuelven más inquietos. Todo en mi cambia, como cuando el viento mueve las hojas de un árbol. Todo se estremece. ¿Por qué? Tal vez debería ignorarlo… Tal vez eso es lo que debería hacer… Aunque ello sólo sería asumir por necedad que los objetos son estáticos”.


“Cuando me explicas los mecanismos no-visibles de la realidad, parece qué quieres que yo me acerqué a tí. Sé que tú mismo quisieras evitar estar en ese estado. Nunca fue tu intención aproximarte a mí. Ni deseabas que llegáramos a ésto. Ignorarlo sería una opción aceptable. Una posibilidad real. Es tan complicado cambiar el movimiento que se nos ha impuesto. Yo simplemente no puedo evitarlo. Tampoco quiero hacerlo. Deseo estar junto a tí”.


Al escuchar sus últimas palabras, en mi interior se presentó algo que podría describirse como felicidad. Conocía una mejor palabra para describir la sensación que experimentaba, una que no podía evitar más, cómo ella tampoco. Un concepto más elemental y adecuado, uno que fue creado en la oscuridad donde están los recuerdos de todo lo imaginario.


Me acerque a ella.


“¿Recuerdas cuándo mencioné que sólo existen tres personas excepcionales en toda la posible historia de nuestra civilización?”, le pregunté.


“Como suele ser de incongruente la realidad, al menos en apariencia, yo tengo la fortuna de ser el único, en toda nuestra civilización, qué ha podido hablar con ellas”.


“Marceline y Sophie conocían y entendían mis anhelos. Mi deseo ser diferente, olvidar todo lo humano que está dentro de mí para poder ir a lugares y tiempos irreales, en donde pudiera ser algo auténtico, algo ‘coherente’”.


“Sé lo mucho que ellas me aprecian y agradezco profundamente todo lo que han hecho para qué yo pudiera lograr mis sueños”.


“Ellas sabían, con su natural genialidad, que era incapaz de avanzar yo sólo. Mi condición natural me lo impedía. No importaba que tanto me esforzará. No importaba cuánto conocimiento asimilará sobre las estructuras abstractas de la realidad. Había algo en mí que me hacía torpe”.


“Aceptaba qué no era especial. Aceptaba la miseria de mi vida. Aceptaba el sufrimiento banal al que era sometido. Aceptaba lo ridículo y cómico de mis deseos. Reconocía aquello que me mantenía siendo humano. Tercamente me negaba a reconocer que tú eres la única persona que deseo dentro de mí y quién puede decidir qué tan lejos puedo ir”.


“Tú eres quién me daría la oportunidad de salir de la realidad”.


“Ese sentimiento dentro de mí, que encerraba, no lo podía aceptar ni comprender. Fuí incapaz, debido a mi propia inmadurez, de reconocer lo singular que eras. Sin darme cuenta conocí, hace 20 años, a uno de los seres más increíbles de este planeta”.


“Nos sucedió lo mismo que a Stephanie... Es claro que nadie, aquí o allá”, señalando al cielo, “es capaz de saber qué nos manipula realmente. Puede ser que el Vacío Central nos cambie o qué algo más esté ahí para colocarnos en situaciones inesperadas”.


“Cada pequeño fragmento de lo que somos y dejamos en el otro. La intensidad de estas emociones que se mueven por nuestro interior. Cada instante que cambiamos y damos un paso hacía lo desconocido, a la incertidumbre. Todo ello es tan no-común. ¿Quién lo puede reconocer? ¿Quién puede darse cuenta de lo qué expresamos? ¿Quién ha logrado escapar de la realidad, de su oscuridad que todo lo rodea y todo lo consume?”.


“Lo único que puede hacer por esa extraña criatura, es enseñarle todo lo que comprendo e imagino. Darle lo que soy para que ella luego decidiera si yo puedo aprender algo de ella y, finalmente, permitirme acompañarla como un pequeño guijarro de un mundo que ha desaparecido hace tanto tiempo”.


Me acerque más a Viridiana, incline mi cabeza lentamente hasta apoyarla ligeramente en su hombro izquierdo.


“Espero ser capaz de enseñarte bien y luego tú me muestres lo que tanto he deseado conocer”.


***

¿Qué recuerdas del pasado?


¿Hay algo que deseas preservar?


O, ¿existe algo que anhelas olvidar?


Preguntas cuyas respuestas definen el tipo de ser que has construido hasta el ahora.


Es interesante pensar qué somos especiales por asumirnos capaces de contestarlas. Ya que ello demostraría la valía de nuestra existencia. Suena ‘bien’. 


Alguien me enseñó la palabra ‘kuaka’, con lo cual aprendí a sentir qué el deseo de querer contestar a tales cuestiones es la forma más simple de la soberbia desmedida que siempre caracteriza a los seres más tenues de la realidad, quienes creen que su sufrimiento tiene algún significado.


En un entorno tan amplio, tan antigüo, y, sobre todo, tan inmisericorde, todas las acciones, deseos y sueños, que manifiestan las pequeñas criaturas son sólo demostraciones de lo que son en realidad. Nada. NAda. NADa. NADA. NADA^NADA. Es decir, nada.


Aquello que se diluye en el tiempo y aquello qué sobrevive a él, estarán en el centro de todo. En el gran Vacío Central.


Pensar en ello, aceptarlo, hacerlo de uno, sentirlo vibrar en el interior vacuo del alma, resulta ser un medio idóneo para comenzar a ser diferentes. Un paso para salir de la Realidad.


Un día, entra la oscuridad del espacio, donde todo lo que se imagina nunca deja de soñarse, la posibilidad de encontrarme con aquellos que me enseñaron a comprenderlo, a pesar de ser infinitesimalmente insignificante, se volverá real.


Repetir el experimento un billón de billones de veces para obtener una amigable sonrisa.