por Paul C. M.*
* alef28bet@gmail.com
(dedicado a quién lo lea, o, mejor a Nervios)
Después de resolver algunos aspectos de orden técnico relacionados con la colocación y mantenimiento de cintas de tinta para máquinas de escribir, estoy en la disposición de narrar los acontecimientos sucedidos el jueves de la semana pasada. Es necesario mencionar qué técnicamente la no indicación precisa de un marco de referencia cronológico expresado en ‘lo sucedido el jueves de la semana pasada’, crea una paradoja comunicativa innecesaria pero inevitable que por el momento no deseo corregir. Esto se debe a que es posible que el lector de estas palabras puede interpretar la cronología de dicha frase en términos de su propio marco de referencia temporal, es decir, pensar que el jueves de la semana pasada, al que hago referencia, es el jueves de la semana pasada en la línea temporal de su propia existencia actual. Al mismo instante, otro lector escogería interpretar la frase como el jueves de la semana pasada del que ha escrito estas palabras, pero ese jueves de la semana pasada del autor podría estar ubicado en el futuro de la línea temporal de quién lee estas palabras. La posibilidad de que una frase como esta tenga la propiedad de tener más de un valor interpretativo, introduce ruido que dificulta (o imposibilita) el establecer una adecuada (o aceptable) comunicación con otro ser, pues se deja a una libre consideración el valor del mensaje codificado en el alfabeto implícitamente usado (u otro sistema finito de caracteres). Así que la posibilidad de un entendimiento ‘real’ de un ‘emisor’ con un ‘receptor’ queda, de facto, descartada, y de esta manera no es posible tomar con seriedad algo de lo escrito hasta aquí. Muy posiblemente (casi seguramente), tampoco valga la pena leer o/e intentar dar algo de coherencia a lo subsecuente. Cualquier intento de comunicación con alguien queda excluido debido a la necedad natural del emisor de deformar sus propias ideas y que serán distorsionadas por la necedad natural del receptor, él cual completa o elimina o sustituye una cantidad aleatoria de los símbolos del mensaje para crear una imagen mental propia de las palabras aquí mediocremente colocadas.
De lo anterior se puede deducir algo interesante, la comunicación entre los seres ‘racionales’ es siempre vaga por definición y, casi absolutamente, carente de real sentido y utilidad, así que el emisor como el receptor pueden imaginar lo que deseen imaginar y entender lo que deseen entender. Es decir, ambos son sumamente torpes e ineptos para conversar.
Una vez mencionada la tan necesaria (realmente no lo es) aclaración sobre la paradoja comunicativa de escribir la frase ‘lo sucedido el jueves de la semana pasada’, puedo comenzar a decir lo que quiero decir.
El jueves de la semana pasada regresaba a casa después de haber cumplido con las cinco horas de trabajo esclavo presencial. (Puede ser qué muchos piensen que nadie debería quejarse de sólo trabajar cinco horas al día, dos veces a la semana, y recibir una paga considerable por ello. Nuevamente, con gran disgusto, no es posible evitar esta nueva paradoja comunicativa que se ha creado al indicar el poco tiempo que debo estar de manera presencial en la oficina. Al no querer [tampoco puedo hacerlo de la forma adecuada] describir con exactitud el panorama que rodea mis circunstancias particulares qué significa para mí tener que estar en ese odioso lugar y que, aunque reciba una no despreciable remuneración por el poco trabajo que debo realizar, el lector podría, innecesaria y testarudamente, asumir que yo soy como él, que vivo mi vida en los mismos términos en qué él la vive [estadísticamente hablando, es cierto que mi vida no difiere mucho respecto a la suya] y al ser así yo debería darme cuenta de lo afortunado que soy de tener un empleo en el que sólo deba trabajar cinco horas al día por dos días a la semana. Cómo lo antes mencionado, esta paradoja comunicativa se debe a que a falta de palabras precisas para describir las emociones que me causa estar rodeado de personas mayores a mí con una edad mental de 12 años y una idiosincrasia consistente en asumir que su vida es tan relevante que es necesario colocar cada pedazo de su trivial existencia en un post en tiktok o instagram o facebook, como reafirmación de la importancia de que su presencia permite que los taquiones sigan moviéndose. Así que el lector asumirá, si así le parece [lo hará de cualquier forma], otro marco de referencia para considerar que mi vida es necesaria para el movimiento planetario, o posiblemente deje de leer hasta este punto para hacer algo diferente [casi seguramente una cosa absolutamente efímera]).
(Es acertado aceptar que mis quejas son injustificadas, pero soy yo a quién le duele la espalda y los glúteos. El que debe permanecer cinco horas en una silla desnivelada y con el reposabrazo izquierdo roto, obligado a escuchar a los mayores hablar sobre su extremadamente indulgencia con otros, su profunda inteligencia y sus beatas acciones [idioteces propias de ellos]).
(Todo lo que me irrita se encuentra dentro de esas paredes desmontables de los pequeños cubículos separados por láminas de acrílico transparente y con un cajón para guardar papel de 75 gramos para imprimir reportes innecesarios. Por lo que desde mi miserable asiento, viendo a mis ‘colegas’ ser lo que son, imaginó la posibilidad del fin de la civilización. Miro a la ventana y comienzo a soñar despierto que del cielo desciende una nave alienígena que lanza un rayo de color azul metálico y todo lo conocido en el planeta comienza a desaparecer en ese resplandor. Luego, las voces de estos adultos de pensamientos insignificantes me regresan a la posición espacial y temporal en la que me encontraba antes de mis ensoñaciones y mi vista vuelve a concentrarse en el reloj que aparece en el monitor para ver si sólo faltan 10 minutos para que pueda retirarme).
(Esos son los pensamientos inducidos por mi depresivo trabajo de cinco horas al días, dos días a la semana. Aunque esto, que forma parte de mi cotidiano sufrimiento, no es lo que realmente quiero enfatizar sobre los acontecimientos del jueves de la semana pasada).
El jueves de la semana pasada cuando regresaba a casa después de las horrísonas cinco horas de la oficina, decidí pasar a comprar una pluma. El día anterior, la pluma que se había convertido en mi favorita ya no pintaba, se había agotado la tinta. He de aclarar (algo en totalidad innecesario) que nuevamente se está frente a una paradoja comunicativa. Al inicio de este bloque de palabras, es ‘claro’ que el lector puede imaginar cualquier cosa al respecto de lo pueda hacer referencia la palabra ‘pluma’. Soy incapaz de entender el por qué los seres ‘inteligentes’, a falta de un esfuerzo necesario, deciden usar una misma palabra para nombrar a dos objetos que puede ser parecidos, ser la derivación uno del otro, y, sin embargo no ser lo mismo e, incluso, estar en una relación antagónica. La falta de claridad en el uso del lenguaje es uno de los defectos más notables de los seres ‘juiciosos’. Por ello creo que en el momento de hablar de cosas fantasiosas o ficcionales como el amor o el odio, los seres ‘sensibles’ no se refieren ‘exactamente’ al amor ni al odio. Existe la posibilidad real que intenten decir algo completamente distinto, pero a falta de mejores términos o mejores seres o mejores cerebros o, en realidad, de la extraña manera en qué funciona la Realidad, se deba usar expresiones de este estilo. Poco adecuadas, poco emotivas, poco realistas.
Bueno [primera vez]. Al regresar a casa, el jueves de la semana pasada, luego de cumplir con las cinco horas de trabajo forzado, decidí pasar a comprar una pluma en una papelería. El establecimiento que elegí se encuentra en el segundo piso de un edificio, por lo que tuve que utilizar las escaleras para llegar ahí. Después de echar un vistazo a los artículos en oferta y preguntar a un empleado sobre si en su stock se encontraba el tipo de pluma que yo deseaba, me encontré que la visita no había sido fructífera. A pesar de ello, no me sentí ni defraudado ni molesto. Aunque la serie de acontecimientos siguientes posiblemente hubieran sido evitados si no hubiera deseado esta trivialidad.
Al querer salir del establecimiento por la misma ruta por la que había entrado, un empleado me indicó que la salida se debía realizar por otro pasillo. Siguiendo sus indicaciones, camine con un sentimiento de indiferencia sobre la vida (mía y de los otros) al exterior. Aquí el lector podría estar conjeturando que algo sucedió al salir de ese lugar o en el trayecto. En este punto es posible casi evitar una paradoja comunicativa, pero no por mucho. La introducción o aparición de las paradojas comunicativas es algo que me gustaría aprender a evitar, pero es poco probable que pueda hacerlo por mi cuenta, así que mi escritura seguirá siendo mediocre e incapaz de expresar con la necesaria precisión lo que trato de compartir. A pesar de qué pudiera llegar a conocer maneras más pertinentes para comunicarme, resulta que la naturaleza de la comunicación hace que se requiere de un emisor y un receptor. Por lo qué, finalmente, no existe la posibilidad de una comunicación inteligible. Para qué el receptor pudiera (quisiera, deseara) entender mis mensajes, debería poseer, aparentemente, la capacidad de usar el mismo conjunto de símbolos que yo con los mismos significados subyacentes para establecer un canal cerrado de comunicación. Por lo que la paradoja comunicativa sigue siendo un dilema natural, que no se puede evitar de ninguna manera. Aunque, irónicamente, pensar en ‘absolutos’ es una paradoja en sí misma. Vivir en la Realidad regida por estos esquemas paradójicos, sólo lleva a qué no sea posible encontrar algún sentido ecuánime de la existencia de uno mismo, de la existencia de los otros y de los milagros de la existencia. Al menos, yo vivo confundido casi todo el tiempo, aunque algunas veces creo que estoy en las posiciones adecuadas.
Bueno [segunda vez]. Como mencionaba. Al regresar a casa el jueves de la semana pasada, luego de experimentar mis cinco horas de miseria, decidí detenerme en la papelería para comprar una nueva pluma. La tienda a la que había elegido ir se encuentra cerca de la estación de autobuses que usó para regresar a casa. La búsqueda de mi producto fue infructífera, por lo que, sintiéndome algo desanimado, emprendí el camino de vuelta a mi morada. Al tomar la misma ruta por la que había entrado al establecimiento para salir, un empleado me indicó que debía hacerlo por una distinta. Siguiendo sus indicaciones, me encontré con un amplio pasillo al doblar a la derecha. Noté que éste era un rampa por la cual (así lo asumí) subían los camiones que surtían de inventario a la papelería.
Camine por la rampa. Súbitamente caí al suelo. El tobillo que hace seis meses me había lastimado (considerablemente) se había vuelto a torcer. ¿Cómo era posible sufrir una misma torcedura en el mismo pie de manera (casi) consecutiva y con diferentes grados de dolor? Me pregunté a mi mismo mientras miraba mi pantalón roto en el área de la rodilla y sentía un leve dolor al mover el tobillo. Afortunadamente (o casualmente, o aleatoriamente) había tenido la suficiente agilidad automática para evitar que la caída hubiera sido más estrepitosa. Después de un breve momento, de la puerta en donde había doblado a la derecha para encontrarme con la rampa, apareció el empleado que me indicó ese camino (maldito) para ir al exterior.
“¿Se encuentra bien?, estimado cliente”, preguntó.
“Sí. Sólo deja revisar que no tenga nada grave”, le respondí mientras movía los pies para observar si se presentaba un dolor intenso. Agregué, a manera de comentario (que tenía la intencionalidad de autojustificar mi torpeza y la pequeña vergüenza que sentía ante su amable pregunta): “No ví el pequeño desnivel”, señalando un desnivel, no demasiado alto, que existía en uno de los lados de la rampa, el cual, efectivamente, no observé.
Al terminar la revisión preliminar de las articulaciones de mis pies, noté que podía moverlas con la suficiente naturalidad. El dolor fue soportable cuando apoyé el peso de mi cuerpo sobre ellas. Pudiera haber sido una buena idea tomar más tiempo de reposo antes de obligarlas al trabajo de locomoción, sin embargo, ese particular jueves de la semana pasada el clima era insoportable, demasiado caluroso, por lo que deseaba regresar lo más pronto a casa para beber algo frío, comer algo ligero y descansar. El accidente no había cambiado tales objetivos, aunque si ajustó la intensidad con que deseaba hacerlos y agregó el ansia de colocar una compresa fría sobre el tobillo afectado.
Me levanté y puse marcha hacia la parada de autobuses. Sentí el real grado de dolor producido por la torcedura y, aunque era soportable, cojeaba levemente. (No es necesario mencionar lo siguiente, pero quiero hacer notar que esta última frase genera una paradoja comunicativa. Cierto conjunto de lectores consideraría elegir el pie izquierdo como el pie en cuestión, otros se limitarían a decir que se trataba del pie derecho. Muchos asumirían que esas dos posibilidades son las únicas posibles. Posiciones usuales para seres bípedos y que se repetiría mutatis mutandi en otros seres de diversa anatomía y supuesta inteligencia, que siendo capaces de utilizar conjuntos finitos de símbolos para describirse a sí mismos y de los acontecimientos que los acompañan en sus existencias, no pueden considerar que ‘otros’, qué aprecian la belleza del cosmos, sean diferentes a ellos. Cualquier característica que los ‘auto-define’ debería replicarse en los otros sentientes racionales. Dos piernas. Tres brazos. Un ojo. Cuatro lenguas. Tres cuartos de cerebro… Un fenómeno que he dado en denominar ‘cosmotheoros’, en honor a la pueril teoría de los seres de otros mundos de Christiaan Huygens. [Cualquier ser coherentemente inteligente debería poseer un cuerpo translúcido para evitar pensamientos triviales]. Como he mencionado, sufrí una torcedura en uno de mis pies y de ello se puede ‘deducir’ que el autor posee ‘al menos un pie’. Algo que casi todo ser analítico podría inferir. Aunque, los seres analíticos a pesar de ser reales, no se cuestionarían la necesidad de aclarar si esto es un ‘pie’ o no y descartarían el problema de contabilizarlos como algo absolutamente innecesario).
Bueno (tercera vez). La cuestión es que cansado, acalorado, dolorido y hambriento, me dirigí a la estación de autobuses para esconderme en la comodidad de mi morada.
En mi lento andar a la parada, me preguntaba el por qué algo cómo esto me sucedía. Era claro que la resolución de querer algo me había llevado, aleatoriamente, a sufrir un percance que ‘no merecía’ (así lo consideraba). Sin embargo, mis acciones y decisiones me llevaron a terminar en este lamentable estado. Es decir, mis elecciones, correctas, inadecuadas, o, aparentemente, neutrales, me dirigieron a sufrir este accidente. ¿Había algo que aprender de esta situación? ¿Había algo inherentemente bueno o malo en el hecho de desear una nueva pluma o en el deseo en sí mismo? ¿Podría ser que este accidente fuera el resultado de la despreciable persona que soy o simplemente una eventualidad, una casualidad? Esas cuestiones me condujeron a la siguiente. ¿Mi vida es el resultado de los actos mediocres, sin ninguna moralidad, de los objetos que son obligados a moverse por la Segunda Ley de Newton?
Al reflexionar en tales cuestiones, noté que estas ideas mías generaban una nueva paradoja. ¿El hecho de lastimarnos unos a otros y a nosotros mismos podría ser sólo la consecuencia natural de la aleatoriedad implícita en la Realidad? Es decir, si la ira que sentimos, que se transforma en violencia, está condicionada a ser el resultado de una mera propagación de movimientos casuales que al encadenarse llevan a un frenesí de deseo y desorientación cuya máxima manifestación es la agresividad y la cual formaría parte de ese mecanismo ‘extraño’ que la Realidad emplea para la modificación del estado de los objetos en ella. En otras palabras, los momentos apacibles serían los estados transitorios de los objetos antes de su transformación (obligada) a algo diferente (posiblemente mejor). Concebir ésto, me llevó a notar la existencia de otra paradoja. Mi propia identidad es la conclusión parcial de actos ajenos a mí, lo que manifiesta mi incapacidad de decidir sobre mi propia existencia. Se dice que los seres superiores son capaces de comprender los mecanismos de la Realidad, sin embargo, mi vida misma, en la que toda elección y sus consecuencias, no está supeditada a las inclinaciones de mi identidad (trivial). Aunque, se ha de mencionar, tal paradigma es la manera usual que la Realidad impone a los seres inferiores para que estos sean capaces de existir.
Las paradojas comunicativas existen, como se ha ejemplificado en múltiples ocasiones a lo largo de este relato, por qué los símbolos usados al comunicarse se distorsionan debido a la naturaleza del medio que los transmite y los recibe, emisor y receptor. Esos símbolos se ven alterados por el aumento o la reducción o la sustitución de información que cambia el sentido y el sentir de lo expresado inicialmente. Sin importar cuánto se hable, al emplear tanto el emisor como el receptor un conjunto finito (incluso uno infinito) de palabras para describir un suceso, cada uno tenderá (irremediablemente) a ubicar los significados de ellas en una órbita centrada en su propio ego. La incapacidad de escuchar es una propiedad de los seres inteligentes que crean un identidad que intenta ser distinguible. Sin embargo, el concepto de la diversidad implica supervivencia.
Cabía preguntarse entonces, ¿cuál es la auténtica intención de que la Realidad haya permitido la existencia de la identidad?
Entre los seres autoconscientes existe un experimento que suelen practicar con regularidad y el cual consiste en hablar mentalmente con uno mismo. Es una conservación entre dos individuos artificiales que son copias virtuales del ‘yo’. Uno cuestiona al otro, el otro responde y luego se intercambian los roles y se repite el proceso. Aquí el lector puede percatarse de que mi pequeña sentencia ha generado (nuevamente) una paradoja. La cuestión de la ‘unicidad’. La noción de la ‘identidad única’ resulta vaga y, muy probablemente, inentendible. Si uno es, entonces el experimento de la segunda voz, que es uno no mismo, es en sí mismo una paradoja comunicativa, en la que el receptor y el emisor se funden en un mismo ente y, entonces, el medio que puede alterar el mensaje es uno y uno destruye sus propios pensamientos con la finalidad de imponer su propia identidad a uno mismo creando un efecto droste que intentar sobreponer un ego sobre otro (que es el mismo). Un fenómeno ouroboros que, en última instancia, disocia el ego y destruye toda capacidad para dar coherencia a la propia identidad. A menos, que el concepto real de ‘único’ tenga una amplitud y dirección diferente a la que se asume. La encrucijada es en sí misma (naturalmente) un causante de incertidumbre que impide distinguir si se es una parte de la Realidad o una memoria residual de la Realidad. Como un sueño vívido que al despertar se va esfumando paulatinamente, a pesar de las fuertes emociones que hubiera causado, hasta disolverse por completo. La Realidad no es un fenómeno mecánico (aunque lo aparente), es una entidad amorfa viviente de inteligencia suprema (en el sentido de contención).
En cualquier caso, la cuestión fundamental que quiero expresar no es el conocimiento de los mecanismos incoherentes con que la Realidad funciona, sino lo que me pasó el jueves de la semana pasada cuando salía de la papelería y tropecé lastimándome el mismo tobillo que hace aproximadamente seis meses se torció severamente. (Ahora me percató que es estúpido pensar [albergar cualquier grado de esperanza es vacuo] qué es posible evadir las paradojas que el lenguaje crea y que, finalmente, concluyen con la incapacidad de transmitir lo qué somos a otros [en el que se está incluido uno mismo]). Hay que mirar la última sentencia que he escrito. ‘Aproximadamente’. Cercano a algo. Sin embargo, cada lector puede tomar diferentes patrones de referencia para la cuantificación temporal del dicho. Un día más, un día menos, tres semanas antes, tres semanas después, contados desde un punto desconocido e incierto (a decir verdad, posiblemente inexistente) para tener una ubicación cronológica adecuada de lo que aquí expresó. Tratar de dilucidar tal trivialidad llevaría a generar un altercado fútil [como los que plagan nuestra cotidianidad]. En un ‘sentido amplio’, cualquier cantidad de tiempo menor a un mes, antes o después, sería un error aceptable sobre la noción temporal a la que hace referencia ‘aproximadamente seis meses’. Algo que cualquier ser adecuadamente ecuánime sería capaz de juzgar como acertado. Aunque, como se ha mencionado antes, los seres ecuánimes existen pero no están en la Realidad. Tales cuestionamientos, a pesar de su aparente falta de relevancia y negligible impacto, ayudarían a comprender un poco más los mecanismos de la Realidad. Pero ésto no es lo que quiero transmitir en este mensaje). Después de levantarme y agradecer las atenciones del empleado de la papelería, me dirigí a la parada de autobuses para regresar lo más pronto a casa y revisar mi tobillo y tomar una larga siesta en un lugar frío y oscuro.
Cojeando en dirección a la parada, pensaba si alguna de las personas a mi alrededor me observaba y se preguntaba el por qué de ese andar mío. Tal pensamiento me hizo recordar lo tonto que soy, sabía que nunca había sido relevante en la vida de ninguna persona que hubiera conocido y tampoco lo sería para alguien que podría conocer en el futuro. Aunque, no era posible descartar la posibilidad de que hubiera alguien que por extraña, desconcertante e ininteligible motivación me estuviera observando, llevando un registro extremadamente preciso de todo cuánto hacía. Hay que considerar que en la Realidad con regularidad suceden acontecimientos, al menos en la parte de la Realidad en la me veo obligado a estar, que se creen se deberían dar de formas distintas.
Eché un vistazo a los rostros de algunos transeúntes, ninguno parecía importarle mi condición. Sigue avanzando, con mi lamentable andar, a la parada. Me percate que no habría posibilidad de comprender mi propia existencia y, en consecuencia, darle algo de coherencia, debido a mi posición natural en la Realidad. Debía, en última instancia, buscar un método efectivo para salir de ella. Encontrar una fisura en los límites a la Irrealidad y salir a una dimensión ajena a toda ella. Al reflexionar en ello vislumbre una manera adecuada para abandonarla. Lo cual me hizo sentir muy alegre.
Al llegar a la entrada de la estación de autobuses, noté que las personas a mi alrededor se habían parado en seco. Algo había captado la atención de todos al mismo tiempo y con la misma fuerza para que miraran a un mismo punto en la Realidad. Sus ojos se habían concentrado en algo ubicado en la dirección opuesta a mi andar. Así que di media vuelta para averiguar la naturaleza del atractor.
El cielo de ese jueves de la semana pasada era inusualmente más claro, aún tomando en cuenta que el calor extremo había alejado a todas las nubes. Esto no quiere decir que su azul fuera más intenso, seguía manteniendo esa ligera lámina gris metálica que enfatiza que debajo de él se encuentra una enorme ciudad repleta de máquinas de combustión interna, que exhalan ese color.
Sobre ese azul, con su sublime gris, se observó cómo una esfera plateada bajaba de los cielos. La lentitud con que lo hacía recordaba a los modelos usados en las antiguas películas de serie B, que solían transmitir por televisión pública cuando era niño, para representar a platillos voladores provenientes de Marte.
‘¿Es real?’, me pregunté. La primera evidencia empírica que poseía para sostener la veracidad del fenómeno era que había más observadores que, aparentemente, atestiguaban lo mismo que yo. Aunque, debía, claro ésta, considerar que todo fuera una ‘alucinación colectiva’. La civilización en la que había crecido se desarrolló gracias a sus supersticiones y supercherías. A pesar de que aprendieron a colocar mensajes sobre ondas hertzianas, que saturan el espacio radioeléctrico, consideran que los cuerpos celestes giran en torno a cada uno de ellos (y sólo ellos).
La esfera se detuvo a una altura de un kilómetro (aproximadamente) del suelo. No es necesario explicar cómo es qué se llegó a esa cantidad ni los puntos de referencia utilizados para computarlo. Sólo basta mencionar el resultado promedio para qué el lector pudiera generar una imagen que pudiera darle una idea cercana de los acontecimientos que sucedían ante mí.
La esfera de un diámetro cercano a un kilómetro, poseía una superficie extremadamente lisa que reflejaba el Cielo como la Tierra de manera perfecta, como solía verse en las películas de ciencia ficción de serie C. Todo ésto parecía ser eso, una mera ficción. Es aquí donde es pertinente mencionar la segunda evidencia empírica que indicaba que el fenómeno no era resultado de una imaginación mía o de los delirios de un grupo que deseaba destruir la estabilidad del orden social actual. Sobre la esfera aparecieron puntos de luz que se movían frenéticamente sobre su superficie, algo que recordaba a las moscas que se aglutinan sobre la carne fétida. De un momento a otro, éstas se concentraron en un punto de un ecuador que miraba al suelo. Del punto de luz concentrado surgió un enorme haz, de alrededor 100 metros de radio, que cayó a la tierra produciendo un fuerte tremor. Los edificios, árboles, postes eléctricos, personas, perros callejeros,... , todo comenzó a estremecerse. Fue cuando las personas se dispersaron estrepitosamente, aterradas por el movimiento telúrico. Cada uno siguiendo un patrón aparentemente aleatorio de huída, cuya finalidad era preservar sus vidas, aunque, es claro, que ese patrón no era más que otro ejemplo de un proceso de difusión. Sabía algo de eso. Había llegado a computar algunos parámetros de la función característica de ciertos procesos aleatorios, como los indicados en la fórmula de Lévy-Khintchine. Aunque nunca pensé experimentar uno inducido por una fuerza de origen no-terráqueo.
A pesar de mis nociones técnicas sobre la supervivencia aleatoria de los seres vivos ante ambientes agresivos, me pregunte algo. ¿Qué podía pensar un personaje trivial como yo frente al resplandor de esa luz que parecía destruiría todo? (La intención, aunque no obvia, de enunciar este cuestionamiento es remarcar el hecho de que los grandes acontecimientos o cambios de gran [bastante, demasiada, no medible] amplitud, suelen pasar desapercibidos por seres insignificantes, un grupo al cual pertenecía. Cualquier cambio en la Realidad debe suceder en la Realidad y la Realidad es amplía y profunda, de naturaleza inestable, y, sobre todo, poco comprensible, por lo que no es posible que seres de cualquier naturaleza lleguen a asimilar lo qué es y lo qué sucede en ella y, menos, ser testigos del momento en que cambia. Yo, una improbabilidad, presenciaba algo, del cual no sabía nada, ni un por qué ni un cómo, que representaba ese inestable y constante cambio de la Realidad. La paradoja comunicativa volvía a surgir. Poseer una lengua y medios, de diferente clase, para expresarme no implicaba que fuera capaz de entender ese mensaje lumínico. Para aclarar un poco este punto, hay que notar que el lenguaje particular de mi civilización era uno entre muchos que existían en este planeta y entre los millones de mundos más en la galaxia. Las nociones de memoria, sentimientos y preservación, de todos estos seres con el ‘don del habla’ eran distintos, similares y poco estables para preservar la trivialidad de una nimia existencia. Las motivaciones, necesidad o curiosidad, que llevarían a otra civilización a enviar una nave espacial a destruir un mundo lejano, del cual podría no saber nada o saberlo todo, carecía de coherencia para el mundo afectado, que erróneamente se preguntaba ‘¿por qué?’).
(Llegue a la usual conclusión parcial, la más común de las comunes, de que las explicaciones no importan, simplemente mi mundo tendría que desaparecer para dar pauta a lo siguiente. Aunque, como es natural, no pude evitar querer saber los aspectos técnicos que hacían posible el funcionamiento del ‘rayo destructor’).
(Quisiera remarcar el hecho de que el fuerte estremecimiento del suelo no provocó que ni árboles, ni postes eléctricos, ni perros callejeros (con cuatro puntos de equilibrio bastantes buenos) cayeran. De hecho, a pesar del miedo provocado por el tremor, ninguna persona se cayó).
El rayo fue visible por (aproximadamente) al menos diez minutos más.
En este punto, existe la posibilidad, que algunos lectores puedan considerar que el planeta, mi planeta, fue destruido, sin embargo no fue así. De otro modo, cómo podría explicarse el lector que estuviera leyendo estas palabras sobre lo acontecido el jueves de la semana pasada si mi planeta (y todo lo que hay en él) hubiera desaparecido. Aunque, es necesario tomar en cuenta, que la posibilidad de estar frente a otra paradoja comunicativa es plausible y que este pequeño relato haya aparecido espontáneamente ante el lector.
Es sabido y conocido que la Realidad es extraña y suele seguir principios que no suelen adaptarse a ningún intento de ‘racionalidad’ (al menos, la que suele usarse). Hay que notar que la Realidad suele concentrarse en la ‘creación’, que implícitamente implica ‘destruir’, y ello significa que nada es claro (al menos para los seres usuales).
Después de los diez minutos, en que el ‘rayo destructor’ (¿)destruía(?) el planeta, la nave espacial dejó de emitir luz y, con gran celeridad, se retiró hacia la oscuridad del espacio profundo. El desplazamiento de su cuerpo por la atmósfera produjo un fuerte movimiento en las nubes que recordaron el milagro del mar Rojo.
Cuando decidí retomar el camino a la estación de autobuses, me tropecé con un pedazo de asfalto que sobresalía y volví a caer. El mismo pie, que hace un breve momento me había lastimado, volvió a sufrir una torcedura. El dolor que ya sentía en él, se volvió más intenso. Sin embargo, la nueva caída no fue lo suficientemente grave para evitar que caminara.
Me pregunté sobre la posibilidad de lastimarse dos veces el mismo pie en distintos acontecimientos de naturaleza ‘desconocida’ y en un tiempo tan breve. ¿Hay un significado para qué esto sucediera? ¿Sería aceptable hablar de ‘aleatoriedad’, ‘infortunio’, o ‘torpeza’? Realmente no es relevante (al menos por un momento) analizar de qué va todo esto, ya qué lo único qué me frustra e irrita es que desde el jueves de la semana pasada no puedo caminar y cuando quiero ir al baño tengo que hacer tantos malabares que ya me he lastimado la muñeca de mi mano izquierda.
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